sábado, 20 de diciembre de 2008

¡La próxima es tuya!

El otro día casi gano $1.800.- ¿Por qué digo “casi”? Y, porque no me los gané.
Y así, me convertí en otra víctima de esos programas de llamados que te prometen dinero “fácil” si marcás asterisco+algo respondiendo una pregunta que nada tiene que ver con nada, pero que justifica el cobro de $2 (+IVA, que quede claro) el minuto, sin otro motivo que recaudar fondos y rellenar con algo la despojada de contenido grilla televisiva de la medianoche.
Y no les echo la culpa: siendo consciente de eso, e incluso habiendo leído material teórico al respecto, en alguna materia de querida carrera de Comunicación, decidí entrar en el juego.
Marcaba el reloj casi la una de la madrugada de un día de semana (más triste todavía) y me dispuse cómoda en la cama a observar cómo la conductora (una remadora de la vida, que aguanta un programa de casi dos horas con nada excepto su forzada simpatía) miraba a cámara esperando que entrara un llamado que salvara momentáneamente su situación.
Se trataba del juego de adivinar la palabra escondida en un panal de letras mezcladas. Obviamente, la saqué al toque. Era “Telenovela” el vocablo en cuestión. Y como tenía todas las de ganar (o eso quise creer), marqué *5454 y esperé a que la mismísima conductora me atendiera.
Ilusa. O boluda, como se me quiera considerar. Porque no así, quien me atendió fue una fría contestadora que, en tono de muchos amigos, me decía “Gracias por comunicarte con nosotros” y, antes de que yo pudiera pensar nada de nada, continuaba su mensaje “Arnaldo André es oriundo de Paraguay” (qué, suena mejor que decir "es paraguayo"?). Y así, antes de que yo siguiera sin poder pensar nada de nada, continuaba… “Si es correcto, marcá 1; si es incorrecto, marcá 2”. (¿?¿?).
Bueno, mis años de mediodías frente a la telenovela de turno me sirvieron de algo. Y sí, sabía perfectamente que Arnaldo André es paraguayo. Por consiguiente, oprimí 1 y esperé… “¡Correcto! Estuviste muy cerca de salir al aire. Seguí intentando que la próxima es la tuya”. No le creí a la insulsa contestadora.
No, no le creí… pero volví a marcar. Asterisco 5454… “Gracias por comunicarte con nosotros…Arnaldo André es oriundo de Paraguay… Si es correcto, marcá 1; si es incorrecto, marcá 2”.
Había algo que no entendía. ¿No se supone que las preguntas van cambiando, así se multiplican tus chances de NO acertar alguna? Marqué 1. Esperaba que la respuesta también fuera la misma, pero me equivoqué: “¡Correcto! Casi casi salís al aire. Volvé a marcar ahora y ganás”.
Bueno, al parecer, cada llamado aumentaba mis posibilidades de salir triunfante al aire, responder “Telenovela” y ganar. Entonces volví a marcar… y la misma pregunta y el botón 1 nuevamente. Pero lo curioso era que las respuestas de la maquinita iban variando. “Casi, estuviste muy cerca”. “Uuuh! Por poco no ganás”. “Dale, dale, la próxima es tuya”. Y, evidentemente, ese día yo andaba necesitando poca motivación para entusiasmarme. Y seguía marcando *5454 y seguía respondiendo correctamente. Claro, era siempre la misma pregunta.
Y así se fueron suscitando mis llamados (que totalizaron treinta). Parecía poseída por algún extraño espíritu del gaste fácil. Hasta llegué a pensar que el ánima de Arnaldo (que quede claro, no lo estoy matando, pero puede llegar a ser… ponele) controlaba mis manos y marcaba por mí. Y yo cada vez más cerca de los $1.800.-. O no.
Hasta que cuando estaba a punto de resultar triunfadora (porque la contestadora me había dicho “¡la próxima es tuya!”), justo ahí, escucho lo que jamás hubiera imaginado que iba a escuchar…
“Su saldo es insuficiente para realizar esta llamada”. Y ahí, el mundo se me vino abajo. Se me vino al tercer subsuelo, con mi crédito nulo, Arnaldo y la conductora.
Había estado tan cerca de la gloria, que no me podía quedar sin el pan (la gloria) y sin la torta (el crédito). Y mi primera reacción (después de insultar en voz alta) fue recurrir al primitivo cooperativismo que yo suponía que tenía con mi estimada hermana…
“Pau, dame tu celu”, esbocé en tono imperativo, a lo que recibí un sincero “ni-en-pedo”.
Y ahí sí, no vi otra opción que retirarme a dormir sin éxito. Y sin salir al aire en vivo para todo el país y la amplia audiencia, lo que era el real leitmotiv de mis intentos telefónicos.
Creí en la estrecha relación que existía entre la palabra escondida “Telenovela” y la temática de la pregunta, “Arnaldo André”. Lo creí hasta que tres días después, sin querer (créanme) engancho nuevamente el programa, y siendo la palabra escondida “Matrimonio”, no pude resistirme.
Asterisco 5454: “Gracias por comunicarte con nosotros…Un equipo de polo tiene cuatro jugadores titulares… Si es correcto, marcá 1; si es incorrecto, marcá 2”. Nada que ver el culo con la témpera. Me lo hacían a propósito. Marqué 1. Y nuevamente, estuve muy cerca de salir al aire.
Pero esta vez, el espíritu de Arnaldo André no me iba a ultrajar todo el crédito. Esta vez, la víctima del call show, sería otro. Sin intentarlo nuevamente (aunque ganas no me faltaron), corté y me fui a dormir, con un gustito amargo pero con la esperanza de que algún día, Arnaldo me de una mano y pueda salir al aire.

martes, 22 de julio de 2008

Justo a tiempo

Si hay algo que me caracteriza, tanto a mí como a mis amigas de la facu, es la sincronización entre nosotras. El viernes pasado no fue la excepción.
A las 7 de la tarde teníamos cita en la Uni de la Matanza (la cual quedará atrás de nuestras vidas en poco tiempo, si el destino, Gilda, el Gauchito y todos los santos lo permiten), para entregar un simpático parcial domiciliario (de esos que te hacen sentir un profundo rencor hacia la carrera; de esos que terminan resultando tan dificultosos e incómodos que hubieras preferido un parcial teórico de 500 páginas; de esos por los que te pedís tres días por examen y los terminás haciendo dos horas antes de la entrega porque el resto del tiempo te lo pasaste pensando cómo llenar esas benditas cuatro hojas interlineado 1,5; de esos parciales que te hacen cuestionarte la propia existencia, que los empezás con una idea y al verlo terminado te das cuenta de que poco tiene que ver con tu tema inicial).
Desde el inicio de la carrera, con mi amiga y compañera Yemi compartimos el 242 Morón-San Justo (o el doscua, para los habituales pasajeros). Y el viernes se convertiría en uno de nuestros últimos viajes hacia la facu, de modo que decidimos que iríamos juntas.
Hasta ahí bien, la cuestión es que Yemita salía de la estación de Morón y yo de mi casa, por lo que el esfuerzo de sincronización esta vez debía ser mucho mayor.
-Lalu, te llamo cuando agarro French.
Ok, ok, Yemi me avisaría apenas tomara mi calle, de manera de tener tiempo para salir de casa y poder parar el mismo bondi en el que viajaba mi amiga. El plan era perfecto y, como tal, no podía fallar.
Ya preparada, con la campera puesta y el parcial perfectamente acicalado, me encontraba yo. Convengamos que no era moco de pavo (o de ganso?) aquel plan detenidamente estudiado y mentalmente repasado. Pero también convengamos que la perfección no existe.
Antes de lo previsto, recibí el tan ansiado llamado de Yemi.
-Amiga, el bondi ya agarró French. Pero ojo que viene lleno.
Perfecto. Corrí hacia la puerta de calle y noté que algo me faltaba. Claro, era el parcial, el mismísimo motivo de todo. Lo agarré así como estaba y salí. Al llegar a la parada, me di cuenta de que había hecho dos cuadras con el parcial enrollado, cual si se tratara de papel borrador, no sé, de cualquier estupidez. Pero no, eran las benditas cuatro hojas interlineado 1,5 que me acercarían un paso más a mi graduación. Así que, como pude, lo acomodé un poco.
Y de repente lo veo. Imponente, nuevo, bien cromado, frenando en la esquina como si quisiera lucir su belleza a todo el barrio. Era el bondi, que me abría sus puertas amistosamente, al tiempo que parecían abrirse los cielos y dejando ver un rayo de sol, invitándome a subir y disfrutar de un relajado viaje, sentada, sin muchos murmullos debido a que venía casi vacío…
Ups. No, no era ese MI bondi, donde me encontraría con Yemi. Lo dudé dos micronésimas de segundo. Pero no. No soy tan cruel amiga. Aún me queda algo de buena persona para con mi prójimo.
Entonces, en un esfuerzo sobrehumano, realicé unos gestos exagerados al bondinero para que cerrara la puerta nomás. Y el bondinero, con incredulidad, me hizo caso. Acababa de estar ante mí el paraíso en la Tierra. Pocas veces visto en los barrios moronenses, último modelo, todo bellísimo, y yo le había dicho que no. Qué boluda.
Pero mi misión era otra. Mi amiga me aguardaba en el próximo, seguramente.
No me terminaba de reponer de dicha pérdida voluntaria, cuando vislumbro a mitad de cuadra algo que me pareció el extremo opuesto al vehículo que acababa de rechazar.
Modelo 2000, viejo, sucio, lleno hasta la puerta Horrible. Pero ahí se encontraba mi amiga y yo debía acudir a ella.
Aproveché el semáforo en rojo y me ubiqué ante la puerta cerrada. Forzando un lastimoso ademán, me dirigí hacia el conductor. Él me miró a través del vidrio de la puerta y con cara de “qué ganas de romper las pelotas”, abrió para mi ingreso.
Apenas alcancé a decirle “gracias”, cuando, ignorando mi gratitud, me increpó en forma de pocos amigos: “Escuchame, ¿no te diste cuenta que el de adelante venía vacío?”.
Y bueno, me increparon, yo debía responderle, debía defenderme ante la imponencia masculina. Y me ví obligada a dar explicaciones. Podría haberle inventado cualquier delirante excusa pero preferí ir con la verdad. Y como si se tratara de mi mejor amigo, le ofrecí una poco creíble sonrisa.
“Mirá, te explico, yo ya sé que el otro venía vacío, pero lo que pasa es que acá viene mi amiga y yo TENGO que viajar con ella”.
Aún no había cortado el semáforo, por lo que el bondinero tuvo tiempo de observarme sin saber si creerme o no. Hasta que, resignándose ante mi perfecta explicación que poco tenía que ver con el contexto, esbozó un “bue”.
Solo eso fue suficiente para que yo fuera la mujer más feliz del colectivo. Y como soy una agradecida, forcé una sonrisa aún mayor y lo miré a los ojos. Como si se tratara de un párroco luego de confesarme, expresé sinceramente: “Gracias, de verdad”,al tiempo que me llevé una mano al pecho.
Y al toque me di cuenta de que la situación se estaba yendo de mis manos, por lo que agregué: “uno cincuenta, por favor.” Metí las monedas y a otra cosa mariposa.
Ay, qué satisfacción al verla a Yemi al final del vehículo, esperándome con un espacio vacío para mi persona. De no se por el amable bondinero, uno de mis últimos viajes hacia la UNLaM, lo hubiera realizado sola.

jueves, 10 de julio de 2008

Me abrocharon

En un posteo anterior expresé muy sentidamente que en los últimos tiempos me contento con poca cosa. Bueno, la semana pasada me ocurrió algo tremendamente significativo, que legitima mi afirmación anterior…
Deben ser las casi nueve horas diarias que permanezco en mi trabajo, las que hacen que la gran mayoría de mis anécdotas se sitúen aquí mismo, en donde estoy sentada escribiendo estas líneas: mi oficina.
Oportunamente, conté cómo el jabón líquido del baño del primer piso pasó de un día para otro de ser monótono, aburrido, con ese olor propio de jabón líquido, a ser completamente distinto, encantador, exquisito, suave, delicado y con un hermoso aroma a manzana verde recién caída del árbol.
Bueno, lo que viene en esta ocasión tiene que ver no con un jabón líquido de baño, sino con algo más formal, algo bien macizo, que no se escurre entre los dedos, algo gris, diría metálico: la agujereadora (de papeles).
La que teníamos aquí, pedía cambio desconsoladamente. Contaba ya con unos largos años de profesión en la oficina. No sabría cuántos con exactitud, pero le calculo más de quince. Digna de un premio a la trayectoria. Estaba vieja, le faltaba un tornillito, hacía un feo ruido al agujerear, como de oxidado, dejaba las hojas marcadas y desprolijas. Y no le echo la culpa, no la condeno: luego de quince años de servicio administrativo, su ciclo de vida útil estaba claramente finalizado. Mis compañeros de oficinas aledañas ya no nos la pedían prestada. Preferían agujerear con otra cosa, tal vez una lapicera sin tinta, no sé…
La cuestión es que, por algún extraño motivo, un día la ví y me apiadé de ella. Allí, solita, sin la acostumbrada compañía del sacaganchos, del lapicero o de la abrochadora. Solita ante un mundo superficial, donde lo nuevo y de última tecnología domina el escenario. Y digo, me apiadé de ella, decidí terminar con su sufrimiento.
-Depósito.
-Sí, Nito, yo, Laurita, una consulta… ¿hay agujereadoras nuevas?
-Eh, sí sí. Pero se llama perforadora, Laurita, perforadora.
-Ah, perdón, sí. Bueno ahí bajo a buscar una.
Claro, vamos a hablar con propiedad: perforadora. Y bajé al depósito con mi anciana amiguita. Y aproveché las escaleras para despedirme mentalmente de ella. Y a modo de trueque, la entregué en depósito. Y realmente me llevé una sorpresa. Una grata sorpresa.
No recibí a cambio nada similar a lo que me venía imaginando. Recibí un artefacto cuya fisiología era desconocida para mí. Increíble la nueva perforadora. Ruda, imponente, fornida, aerodinámica. Le faltaban los musculitos y era igualita al dibujito de Mr. Músculo, el poderoso gel con lavandina.
Me familiaricé rápidamente con ella. Me atreví a bautizarla al instante. Ahora, era la Super Maped RX-2001. Y sí, su nuevo nombre no podía quedar atrás.
Subí a la oficina de vuelta. Debía darla a conocer. Nunca antes visto en el primer piso. El depósito de la Universidad había confiado en mí para encomendar su nuevo modelo de perforadora. Y yo debía rendirle honor a tal hecho.
La Super Maped RX-2001 causó furor entre mis compañeros. Todos me la pedían prestada. Estoy pensando en ponerle un GPS, no vaya a ser que algún chantapufi me la quiera cambiar. Es mía. Es mi tessssoro. Gollum. Gollum*…
Ya pasó una semana y el furor bajó, pero siempre hay alguno que viene, tímidamente, y me la pide. “¿Me prestás la Super Maped?”. Y yo, la presto con gusto. Ella merece lucirse. Merece perforar cuanto se le de la gana. Para eso nació. Nació para ser estrella. Y yo, chocha de la vida. Son aquellas pequeñas cosas, aquellas ínfimas situaciones que me regalan una alegría temporaria en este aburrido mundo de papeles.


*Quien no ha leído o visto El Señor de los Anillos, no intente comprender ese comentario. Será en vano. Al pedo.

jueves, 19 de junio de 2008

De Andrés y otras yerbas

Realmente hoy no es mi día.
Yo pensaba que los hombres no se daban cuenta de ciertas cosas femeninas. Hoy descubrí que sí.
Amanecí bien temprano, el alba aún no había despuntado. La vi como para llover, hacía frío, pensé en el trajín que me esperaba ese día, del estudio al trabajo, le comuniqué a mi hermana que me pegaba el faltazo, le avisé a mi amiga Meke (quien me incentivó a realizar esta crónica) y finalmente me volví a acostar. Y dormí hasta las once de la mañana. Ya desde anoche, esa secuencia se anticipaba en mi mente. Pero necesitaba plasmarla, así que la llevé a la práctica…
Llegando a mi lugar de trabajo, tres cuadras antes de arribar, la lluvia me interceptó de improvisto y depositó su húmedo abrazo sobre mí. Y yo, sin paraguas, por supuesto. Ya entré balbuceando insultos contra el pronóstico, contra el colectivero que no me cedió el paso viéndome bajo la lluvia, contra la barrera baja y el tren a dos por hora, contra mi tapadito hermoso pero no impermeable y contra mi condición de trabajadora. Y encima, para colmo de males, me estaba por venir.
Ya en la oficina misma, mi compañera intentó recibirme con un afectuoso saludo, a lo que sólo obtuvo signos de mi estado catastrófico. “Martita, no estoy de humor, perdoname”.
Fui derecho a mi cómodo asiento y me desplomé cual media res en mostrador de carnicero (prometo para la próxima, esmerarme con la comparación) y agarré unos papeles al tun-tun como para simular que ya estaba trabajando.
Saludo a mi jefe, como todos los días, palabras de cortesía, risita va, risita viene, que qué bien Argentina anoche contra los brasileños, que qué frío que hace, que qué onda el paro, en fin.
Y mi malestar interior se iba acrecentando. El dolor en mi zona media comenzaba a hacerse notar, al tiempo que el gesto en mi rostro comenzaba a mutar. Hasta que por fin, cual arte de magia (o hechizo maligno), el dolor se dio a conocer en su máximo esplendor.
Como si lo intuyera y tuviera un objetivo implícito de molestarme estando yo ya molesta, como si el sentido de su existencia estuviera dado por joderle la vida a su prójimo (o en este caso, a su “Secre”), mi estimado jefe me solicita la primera tarea del día. Y consiste en repartir unas resoluciones por los decanatos. No a uno, no a dos… a los diez decanatos. Diez. Aaaay.
Y en el momento en que me dispongo a realizar muy a desgano mi tarea, se da media vuelta y me observa detenidamente. Y seguramente observa mi penoso estado. Ojerosa, despeinada, desalineada, mal sentada, todo como para ser echada por pésima imagen. Y decide preguntarme: “Laurita, le pasa algo hoy?”. Ah, porque no me tutea, pero me dice “Laurita”.
Y yo digo “esta es la mía”. Si había oportunidad como para zafar de repartir, era esa.
“Y sí, Doctor, me siento mal, estoy con muchos dolores ováricos”.
Su gesto facial cambió. No se esperaba semejante confesión. Pudo haber pensado que fui una desubicada, que no daba decirle eso a un respetable abogado que poco sabe de intimidades femeninas, que nuestra confianza llega hasta ahí o que eso no se lo cuenta ni su propia hija. Pero su respuesta me desubicó aún más. “Aaah, Laurita, que bajón, está en esos días, no?”.
Sí, tal cual. Me había leído la mente.
“Sí, Doc, estoy en esos días”, confesé. Pero no le iba a mentir, ya que estábamos de confesiones, debía decirle toda la verdad… “En verdad no, Doc, yo diría que estoy en la previa a esos días”. Y con esto, mi imagen terminó de ser arruinada. Pero ya no me importaba. Mi reto contra esas resoluciones ya estaba planteado. Era zafarla o zafarla, a como diera lugar.
Pero bueno, por algo es mi jefe. “Ok, Lauri, las reparte más tarde, cuando se le pase un poco. Pero que sea hoy, eh”. Y no tuve otra.
Y no sólo contra mi voluntad tuve que salir a repartir y hacerme la simpática por toda la Universidad, sino que ahora también mi jefe sabía acerca de mi estado de fertilidad eventual, con detalles y todo.

miércoles, 28 de mayo de 2008

De vuelta a la nada

Es martes por la tarde. Estoy en mi casa, me pedí el día para estudiar. Y lo hice, durante un rato. Un ex – profesor me ha incitado a no abandonar este espacio, ya que si no lo hago, mañana se cumplirá un mes de mi último posteo. Así que estoy actualizando a pedido del público y por el bien de la humanidad (¿?). El exceso de estudio, que últimamente me está saqueando el free time, impidió que actualizara antes. Eso, sumado a que creo que dejé de saber reconocer en mi vida las situaciones dignas de ser blogueadas.
Anteriormente narré un acontecimiento que involucró a cierto DJ de cierto bar castelarino que, lamentablemente, ha dejado de ser lo que era en sus tiempos y que ya casi no cuenta con nuestra presencia en sus bafles. Digo, ejem, en su pista de baile (¿?).
Por lo tanto, a continuación intentaré esbozar unas pocas líneas descriptivas de aquella salida en que conocimos a nuestro amiguito musiqueiro…
Todo comenzó siendo las 1.15 am y sufriendo con los remiseros desorientados... “estoy más perdido que vos pero no digamos nada”, “no, no estamos lejos, pero ni cerca tampoco”…Una hora después, ya estábamos proponiendo bindris varios y desconociendo canciones coreadas por la concurrencia. Ups, le tocaron el culo sin permiso previo... “Meke, cuidá que no te toquen más el culo porque te van a seguir sacando plata del bolsillo”.Susana, la amable señora que expende papel higiénico en el baño de aquel bonito boliche, ya nos conoce. “Señora, ¿se acuerda de mí?”, “Sí, obvio, la que estudia Periodismo, no?”. Exacto, esa misma. Pero no estoy en estas condiciones cuando entrevisto a la gente, claro.De repente, un amigo esporádico y momentáneo que nos hicimos, que creyó en Dani cuando ella le dijo nuestros nombres. Ahora nos llamábamos Paula, Magalí y Saveria.La cumbre (y colmo) de la noche ocurrió cuando Dani (1°caradura del grupo) acudió al DJ a solicitar el compilado de Gilda que nos agrada tanto. Lo pasaron y fue de lo mejor. Luego Lalu (2° caradura del grupo) creyó correcto acudir nuevamente al DJ a felicitarlo por el compilado de Gilda y la música en general. Bueno, lo felicitó y algunas cosas más que no vienen al caso. “Primera vez que doy tel a DJ”, alcanzo a esbozar poco después. ¿Obsequiada?, naaah. Finalmente, mi “disyoqueada”, el “desganitando de diabetes” de Dani (que en aquel momento flasheaba con tener diabetes a cada rato), la “complicación económica” de Meke, el recuerdo de Mía Colucci de Rebelde Way con su “qué difícil ser yo”, cierto documento que “se cayó a la planta”, y algunas cosillas más. Excelente y muy picante todo.Si no fuera por los celulares que almacenan borradores, únicos testigos de esta locura.
La inspiración, la quedo debiendo.

martes, 29 de abril de 2008

"Esta vez... peleamos!"

Ayer recordé un feliz episodio, por el que mi hermana debió sufrir, por mi culpa, una de las mayores vergüenzas (ajenas) de su vida. Esto ocurrió hace unos tres o cuatro años, en el marco del estreno cinematográfico de El Retorno del Rey. Como se acostumbra, los días previos al lanzamiento, una gran cantidad de publicidad inundó la pantalla chica, con algunos momentos de la peli. Uno de esos momentos, que luego se convertiría en objeto de esta anécdota, es cuando uno de los protagonistas (Aragorn, para los entendidos), dirige la última Batalla. Hete aquí que, la única parte que las publicidades televisivas esgrimían, era el momento en que el héroe gritaba a viva voz a todos sus luchadores montados a caballo y dispuestos a dar pelea, dándoles una especie de charla técnica y motivadora. Y ahí, Aragorn, como último empuje de exaltación, gritaba (aludiendo al idioma original): “This time, we fight!”, levantando su lanza al cielo y dando inicio a la cabalgata de los jinetes hacia el ojo de la pelea. Ahora bien, en las tantas veces que veía esa propaganda, previo al estreno de la película, yo acostumbraba a repetir al unísono con Aragorn, la frase “this time, we fight”, que no se por qué, me encantaba. Sería acaso el versito, la fonética, tenía algo que me obligaba a repetirla una y otra vez al verla en pantalla. Día del estreno nacional. Obviamente, mi hermana y yo, a la primera función. Buenas ubicaciones, ni muy lejos, ni muy cerca, todo perfecto, bien en el centro de las butacas, de manera de tener que molestar por lo menos a quince personas en el momento de concurrir al baño en el medio de la función (teniendo en cuenta las tres horas y media de largometraje y la inevitable gaseosa grande, ya sin gas y con el hielo derretido)… Momentos culminantes. La Batalla estaba a instantes de desatarse. Y Aragorn, comienza a gritar a sus soldados. Y recorre la hilera de jinetes armados y listos para el combate. Y Viggo Mortensen (quien encarna a este personaje) pronuncia el mejor libreto de su vida. Un monólogo de cinco minutos excelentemente caracterizado, con una seguridad, una rudeza y una semblanza digna de un Oscar al mejor actor. Y en el momento de cerrar su discurso de aliento a sus guerreros, grita el tan conocido por mí “this time, we fight!”. Y aquí viene el asunto: en aquel preciso momento, no sé por qué extraño motivo, olvidé repentinamente todo a mi alrededor. Olvidé las 200 personas que me acompañaban en la función, olvidé mis ganas de orinar, olvidé la Coca aguada que tenía en el apoyabrazos, olvidé finalmente que se trataba de una película, de algo que no era real, de algo que jamás había ocurrido. La adrenalina de mi cuerpo se multiplicó y fluyó por mis poros como nunca antes. Me sentí, de pronto, en el Campo Batalla, con lanza en mano, montada a mi caballo y a punto de dar mi propia vida contra los ejércitos del Mal. Y en el mismísimo momento en que Aragorn gritaba su frase, yo, en un instante de anarquía cerebral, vociferé a cuatro voces lo mismo que el actor. Sí: grité “This time we fight!”, alzando mi brazo al aire con el puño cerrado. Sí: lo hice en el cine, al tiempo que mínimo cien personas volteaban sus cabezas desconcertadamente, en busca de la autora de tan gran desubicación. Y al tiempo que lo hice, volví a la realidad. Acababa de gritar, cual si estuviera yo misma en la batalla, unas palabras en inglés. Y no solo eso: había levantado mi brazo al aire, con el puño cerrado. Claro, si la hacía, la hacía bien... Y mi hermana, testigo inmediato de dicha situación, pareció morir hundida en el mismo lodo en que yo me había enterrado. Derrotadas ambas, víctimas de la ceguera mental que el fanatismo por una película puede producir en una persona. El resto de la situación, no la recuerdo. Dicen que a los feos momentos, nuestras mentes los reprimen en el inconciente, y creo que eso ocurrió en mi cerebro. Igualmente, feo, lo que se dice feo momento, no fue. A lo sumo, un estado máximo de vergüenza propia y vergüenza ajena (en el caso de mi hermana)… Suerte que esa batalla la ganamos. Suerte que, con las fuerzas del Bien, logramos superar la maldad hasta entonces reinante en el mundo. Suerte que, finalmente, los Campos de Batalla esgrimieron nuestro nombre en su estandarte, y nuestro grito de gloria fue escuchado hasta en los más lejanos confines cinematográficos.

martes, 22 de abril de 2008

Documentos, por favor...

Desde el domingo, se rumorea que tres amigas salieron a festejar la vida en manos de unas cuantas copas espumantes.

Dicen que poco antes de arribar al lugar que, horas después, sería testigo de su embriaguez, una de ellas constató que carecía de DNI. Y justo concurrirían al único sitio castelarino que pide documentación al momento del ingreso.

Cuentan las malas lenguas que, frente a la falta de comprobante natal, intentaron ingresar agachando la mirada e ignorando al guardia de la puerta, quien las detuvo en seco y esbozó un “No no, documentos por favor”.

Y dicen que la indocumentada, en un instante de extraña lucidez, recordó que aquella tarde había obtenido algo que podría servirle en aquella situación. Sacando un pequeño papel plastificado, impreso en borrador de computadora, miró decididamente al patovica de campera de cuero negra y le dijo en forma muy didáctica:

-Mirá, te muestro mi CUIL. Ves, dice 31 millones, eso quiere decir que tengo 22 años.

Comentan que el guardia, anonadado por lo inédito de la situación, sólo atinó a decir: “No, cédula, registro, DNI…”. Frente a aquella exigencia, la amiga de la pseudo-documentada, quien otrora habría sido invitada a retirarse del lugar por prepotear al barman, respondió, tratando de simular una simpatía compradora:

-Mirá, este es mi DNI, ves, dice 31 millones y soy de enero del 86, o sea que tengo 22 años. Entonces, si el CUIL de ella dice “31 millones”, también tiene 22, ¿no? Y si querés te puedo mostrar también el registro, porque tengo registro, ¿querés que te lo muestre?...

Dicen que el guardia de seguridad del lugar, en actitud de derrota, las dejó pasar, como si nada hubiera sucedido. Como si el CUIL de una persona fuera un documento claramente válido para ingresar un lugar expendedor de alcohol.

Y comentan que las amigas se divirtieron de lo lindo, con la ilusión de que les pidieron documentos porque aparentaban ser menores de 18, con la satisfacción de haber sentado precedente en el ingreso del boliche, y con la alegría de saber que sacar el CUIL sirve para algo.

jueves, 17 de abril de 2008

Un tropezón es caída II

Definitivamente, tengo un problema personal con los parquets. O ellos lo tienen conmigo. Pero parece que va en serio. Parece que estoy destinada a sufrir altercados de toda clase, con pisos de ese estilo. O por ahí, en una de esas, fue culpa de mis botitas nuevas. Pero prefiero creer que un reciente encerado me provocó el incidente. Horario pico en mi trabajo. Decir seis de la tarde en el Departamento de Alumnos de la Universidad de Morón es decir popular de Boca Juniors a los quince del segundo tiempo de un superclásico en la Bombonera. Hablando mal y pronto, alumnos a cagarse. Ingreso yo muy campante al Departamento. Noto al dar el primer, que el piso de parquet se encuentra más resbaladizo que de costumbre, pero decido ignorar dicha particular situación. Dificultosamente, continúo caminando, tratando de hacer pie en las arenas movedizas del encerado parquet, cuando escucho desde uno de mis costados, a unos pocos metros, un ansioso “Lau!”. Y yo, atino a tornar mi cabeza hacia mi derecha para saludar a mi compañera, al tiempo que mi sistema nervioso central (el cual, cada tanto, se me rebela), olvida mandarle la orden a mis extremidades inferiores, quienes desconocieron dicha disposición y siguieron camino. Entonces, en el momento en que mi cerebro logra enviar la señal correspondiente a mis piernas y éstas frenan, ya es tarde. Esto, sumado a la pésima intención del parquet recientemente encerado, quien, cual mi peor enemigo, decide jugarme una muy mala pasada. Y digo “muy mala”, teniendo en cuenta que me encuentro en la popu de la Doce a los quince del segundo tiempo del superclásico, y unos veinticinco alumnos se convierten en testigos presenciales de mi tropezón y consiguiente caída. A no confundirse, que no llegué a depositar mi cuerpo en el odioso parquet, sino que sólo mi rodilla derecha lo conoció de cerca. Bien de cerca. O por lo menos, eso me expresa ahora, lastimada y dispuesta a convivir con un lindo moretón y huevito, que dolerá unos días… Repitiendo el procedimiento desarrollado en mi caída anterior, en cancha de Ferro, me levanto inmediatamente, acomodo al punto de la exageración mi cabello planchado, miro a mi alrededor para constatar la cantidad aproximada de alumnos que contienen la risa, sacudo nerviosamente las rodillas de mi lindo y súper cómodo pantalón del uniforme, saludo finalmente a mi compañera y prosigo mi camino.


Y yo que pensaba que caer estrepitosamente en una cancha, en la previa de un recital, era demasiado. Lamentablemente, no encontré a nadie a mano como para quejarme de tal situación. Igualmente, mejor, porque seguramente me dirían “Nena, si está sucio porque está sucio, si está limpito y encerado porque está limpito y encerado”. Puede que no haya nada que me venga bien. Pero que definitivamente el parquet tiene un problema personal conmigo, de eso, no cabe la menor duda.

lunes, 7 de abril de 2008

Cambia, todo cambia

Ayer me di cuenta de que últimamente me contento con boludeces.

Y no es que mi vida haya perdido sus iniciales aspiraciones de grandeza, sino que ha ganado en valoraciones ínfimas, básicas, que hacen a la esencia vital de una persona.

Ninguna gansada; esto es de verdad, esto me está fluyendo en este momento de mi interior, cual agua de manantial, cual líquido gástrico de esófago, cual lava encenizada de géiser...

Y esto viene a que ayer, al arribar al trabajo y dirigirme al sanitario a higienizarme las manos, como acostumbro luego de viajar en cualquier transporte público (lo que seguramente me ha salvado de varias enfermedades), descubrí con asombro y sorpresa que el jabón líquido era distinto del día anterior. Ya no era la típica baranda a jabón líquido de todo baño público. Ahora, era otro, más delicado, más fino, más exquisito...

No supe en forma inmediata en qué había cambiado. ¿Sería su textura, su trama?, ¿o simplemente su forma de deslizarse sobre mi piel?

Mmm, no, nada de eso: era su aroma. Ahora, el jabón desprendía un bello aroma a manzana verde, a manzana fresca, a manzana recién caida del árbol y con el punto justo de maduración. Qué ricura.

Con una sonrisa dibujada en mi rostro y mis manos limpitas y recogijándose con ese nuevo revestir que las cubría delicadamente de aroma frutal, salí del toilette. Una pelotudez, pero qué poca cosa es suficiente para dejarme contenta.

Meditaciones

Primer día de mi último año en la ya querida UNLaM.
Hoy cursé Comunicación e Imagen Institucional. Zafa mucho. Aunque espero que sea más que eso porque me genera curiosidad, lo cual es un gran mérito para una materia, a esta altura de la carrera.
También, espero que no sea una de esas materias que simplemente pasan,
sin pena ni gloria,
sin chicha ni limonada,
sin pausa pero sin prisa,
sin el pan y sin la torta (¿?).
¿Alguien tiene algún otro sinónimo para agregar?

martes, 1 de abril de 2008

El viaje

De cuando jugaba a ser escritora...
Muy largo y cansador resultó el viaje hasta aquí, más de lo que yo había imaginado antes de emprenderlo, al huir de mi hogar y abandonar a las personas con quienes vivía.
Mi traslado comenzó hace mucho tiempo, desde un pequeño pueblo, alejado de todo. Yo buscaba algo distinto; quería cambiar mi forma de vida. Deseaba conocer otra gente, otros lugares. Decidí, antes de empezar, que me quedaría a vivir en donde encontrara realmente mi paz interior y pudiera habitar en calma conmigo mismo.
Al principio, comencé corriendo. Pero luego de unos kilómetros mi correr se convirtió en un tranquilo caminar, ignorando mis grandes deseos de llegar al destino tan esperado y tan distante al mismo tiempo. Ese destino que, en realidad, era desconocido para mí.
Durante mi viaje, recorrí muchas ciudades del mundo. Muchas de ellas me parecieron bellísimas, otras no; pero en ninguna sentí muchas ganas de quedarme para siempre. También conocí muchas personas, muy distintas entre sí. Logré que algunas me aceptaran, viví junto a muchos seres, quienes me abrieron su corazón y pude ocupar un pequeño lugar en sus vidas. Fui muy feliz durante un largo tiempo. Iba de hogar en hogar, buscando nuevos amigos para poder compartir con ellos buenos momentos.
En una calurosa mañana, me desperté sobresaltado, al mismo tiempo que el alba despuntaba. Sentí en lo más profundo, que ese día sería realmente importante para mí. Luego me daría cuenta de que aquella corazonada era correcta: a partir de aquel día comenzaría a cambiar el rumbo de mi vida para siempre…
Una extraña intuición me obligó a escapar del hogar en el que había vivido durante los últimos meses. Fue difícil abandonar a esa familia, ya que había crecido en mí un gran cariño hacia aquellos niños. En el momento en que decidí partir, ellos dormían tranquilos.
Y así me encontraba yo, otra vez vagando por las calles, cruzando solitariamente los campos. Durante mucho tiempo, comí cualquier cosa que algún amable vendedor me quisiera regalar, sufría mucho el hambre y el frío. Pese a esto, no me sentía arrepentido de nada: mi resolución había sido dictada por la voz de mi conciencia. Y la de mi corazón.
En una soleada tarde, cuando caminaba sin sentido por un inmenso campo, descubrí con sorpresa que me encontraba en lo alto de una colina. Me asombró enormemente ver que se imponía frente a mí, un hermoso paisaje de primavera, que envolvía con aroma fresco y delicado a las aves morenas que volaban en la zona.
Rodeado de una agradable arboleda, pude de pronto contemplar la perfecta transparencia de un sereno lago a mi derecha.
La dulce brisa que reinaba en las tardes primaverales, ese día quebraba la armonía que mantenía el silencio y luego acariciaba suavemente mi rostro.
La enorme esfera dorada que descansaba tranquila en el horizonte, interrumpía imprevistamente el color turquesa claro del cielo, cubierto parcialmente de copos de algodón.
Las sedosas hierbas verdes que se encontraban debajo de mí, eran como un delgado colchón de plumas y estaban aún húmedas por la fría llovizna que había caído unos instantes antes...
Imprevistamente, me invadió una alocada idea: mis pensamientos se encontraban en blanco, excepto por una imagen que rondaba insistentemente alrededor de mí. Me imaginé viviendo en medio de aquella preciosa naturaleza, la que me había enamorado desde el primer momento en que la había contemplado. Y allí, por fin, me sentía completamente feliz.
Entonces, me di cuenta de que después de tanto tiempo, mi viaje había finalizado. Resolví con emoción, que a partir de ahí no recorrería más el mundo en busca del lugar perfecto en donde vivir: ya lo había encontrado, y me quedaría para siempre. Mi viaje no había sido en vano, ya que había obtenido lo que yo buscaba al iniciarlo, muchos años antes…
Viviré aquí y seré feliz hasta el día en que parta para siempre de este mundo.
Muchas cosas tengo para contar, lo sé. Es una lástima que nadie más que yo sepa de las tantas cosas que ocurrieron en mi vida. Pocos como yo, recorrieron el mundo entero, sólo para encontrar un lugar apropiado para vivir en paz. Pocos como yo conocieron tanta gente, tantos lugares. Es una lástima que sea yo únicamente un pobre perro manso que busque la felicidad, aferrándose a creer que su vida, ha valido la pena ser vivida.
Ma. Laura - 2001

lunes, 24 de marzo de 2008

De cómo sacar el registro y no morir en el intento

Creo que la hipótesis de que a las mujeres ciertas cosas nos cuestan más, en mí, por lo menos, se comprueba. Ya conté que el guardarropa del boliche era para mí un elemento de subestimación, hasta que me sustrajeron una campera por dejarla en una silla. Lo mismo me ocurrió con el registro de conducir. Hace poco, en una charla entre amigos, tiré un “este verano saco el registro”. Sí; como si fuera tan fácil. No, señores: sacar el registro no es moco de pavo. No se trata de levantarse un día y decir “bueno, hoy saco el registro”. Y esta ocasión, mi meta fue personal. Era conseguirlo a como diera lugar. Si hacía falta levantarme a las cinco de la matina para practicar estacionamiento, lo haría. Si hacía falta hacerme la simpática con un instructor de manejo, lo haría. Si hacía falta alquilar mi cuerpo para pagar el documento, lo haría. Por suerte, no hicieron falta algunas de esas cosas. Así, sin dudarlo un instante, decidí ingresar al mundo de la corrupción, del acomodo y la trampa automovilística, y del encubierto negocio de la malversación de documentos vehiculares: me metí en una autoescuela. Y siendo parte de una de las principales fuentes de sospecha del destino de ciertos fondos recaudados, me sentí muy bien. Contraté diez clases de media hora. La primera fue breve, pero le bastó a Nahuel, mi instructor, para darse cuenta de que diez no serían suficientes. Y las clases terminaron siendo veinticinco. Todo era por el registro que, a esa altura, ya había pasado a ser un ensañamiento personal, no un simple objetivo de verano. Y con las veinticinco clases adentro, mañanas y tardes de práctica y las señales aprendidas de memoria, me mandé a rendir. Rendí el teórico, el curso de educación vial, me saqué la fotito, el examen de vista, todo excelente. Hasta me dieron los cartoncitos con una P blanca, bien grande, de conductor principiante, que se debe usar en los primeros seis meses de manejo. Hermosa la P. Y, junto con mi instructor y el Suzuki de la autoescuela, fui a dar el práctico. Y me bocharon. No me dieron chance de lucirme. Las tres oportunidades para estacionar no me fueron suficientes. Y estacioné como si nunca antes me hubiera subido a algo con cuatro ruedas. Y me dio mucha vergüenza. Y noté la vergüenza ajena en el rostro de mi instructor, que así como me llevó, me trajo, derrotado. Porque no la había errado por poquito, sino que me había quedado muy mal. Yo diría que como tres metros de inclinación. Sin soborno que salvara la situación, me retiré aquella vez, con la P de Papafrita. Pero no me iba a ganar. Mi ensañamiento personal ya era muy fuerte. Era mi honor el que estaba en juego. Mi honor y mi dinero, claro. Y a los tres días volví. Aboné la suma correspondiente a la bendita autoescuela y mi instructor no tuvo otra opción que llevarme nuevamente a rendir. Y todo el viaje hasta la pista de examen, repasando mentalmente el mecanismo para un correcto estacionar. Ahora, era mi honor, pero también el de Nahuel. Al llegar, el agente examinador se acordó de mí en cuanto me vio. “Medina, a ver si me estaciona mejor que el otro día”. Me recordaba, pero no por mi destreza al volante, sino por ser la boluda que había estacionado tres metros mal. Tres metros. Pero ahora, contra todos mis pronósticos (y los de Nahuel) lo hice bien. “Una menos”, pensé. Pero todavía faltaba mucho. "Medina, diríjalo allá y estacione en 45 grados marcha atrás". Otro reto al destino, no obstante lo cual, también lo hice. Pero ajustadísimo. Y el agente, señalándome uno de los conos, me dice, en tono de pocos amigos: -Medina, fíjese, si este conito es un auto, usted no puede bajar. Hágame el favor, sáquelo y vuélvalo a estacionar... pero bien. Lo intenté y quedé en el intento. Y el agente, totalmente resignado, aunque recordando el porcentaje que seguramente le tocaría por aprobarme, observando a mi instructor sacar un paquete de puchos en señal de coima y viendo la cola de autos que se empezaba a formar detrás de mí, decidió tenderme una mano en medio de la oscuridad en la que me estaba sumiendo. “Bueno, Medina, usted haga lo que yo le digo, ¿okey? Avance dos metros recto”. Y yo avanzaba dos metros recto. “Ahora gire todo el volante para su derecha”. Y yo giraba para la derecha. “Ahora ponga marcha atrás y mire el retrovisor”. Y yo ponía marcha atrás y miraba. “Bien, ahora largue el embrague de a poquito, métalo y enderece”. Y yo lo hacía tal cual me indicaba. Y así lo logré. Lo logramos, el agente y yo. Luego, adentro de un cuartito, me tomaron señales de tránsito. Y ahí no fallé ni una, todas de memoria. Me pasearon por la tabla entera de señales, seguramente para asegurarse de que no sabría manejar, pero al menos sabría interpretar las indicaciones del camino. Luego, me hicieron arrancarlo para manejar a prueba unas cuadras. “Espere”, me dijo el agente. “¿No se olvida de algo?”. Y ahí me di cuenta de que había hecho unos cuantos metros con el freno de mano puesto. Qué vergüenza. Era lo básico y me había olvidado. Lo saqué y manejé las cuadras correspondientes. Y fui todo el tiempo en segunda y con el cinturón puesto. Pero era válido, ya era pan comido. Y así fue como obtuve el registro. Pero que la sufrí, la sufrí. Aunque no sé si tanto como Nahui, que a esa altura era mi íntimo amigo. Y claro, todo un verano de prácticas matinales y las veinticinco clases de repetir y repetir procedimientos de manejo por los cien barrios moronenses.

Antes dije que, probablemente, a nosotras nos cuesten algunas cosas más que a los hombres. Y lo sostengo. Eso sí, mi P blanca jamás la usé. Es mi pequeña venganza en un mundo donde la conducción vehicular no es para cualquiera.

sábado, 15 de marzo de 2008

Nunca subestimes un guardarropa de boliche

Esto tiene que ver con esas situaciones que suelen darse luego de la ingesta progresiva y constante de alcohol. Digamos que no niego la presencia de dicha sustancia estimulante-alucinógena-depresiva en mi organismo, la que fue punto de partida en esta ocasión. Esta vez tuvo lugar en cierto boliche de Castelar City, muy de mi agrado. Era invierno. Bajón salir en invierno, debido a que… ¿dónde te metés la cartera, la camperita y la bufanda cuando ingresás al atiborrado lugar, cuya concurrencia excede ampliamente la capacidad permitida? No conozco a nadie que abone correspondientemente un guardarropa. Está bien, son cuatro o cinco pesos y te olvidás de tus bártulos. Pero, sin embargo, me niego a pagarlos. No sé, creo que es una cuestión moral. Me indigna pensar que, no sólo te cobran una botella el doble o triple de lo que se abona en cualquier supermercado oriental, sino que, aparte, te traen el maní húmedo o las papas fritas quemadas. Y ni hablar, de que pedís maní chino y te dicen “no, te lo debo”. Y encima de todo, te quieren sacar cinco pesos para amontonarte la ropa en un lugar que ni siquiera está a la vista de los consumidores. A mí, no me engañan. Tanto. La cuestión es que, con mis amigas, decidimos amontonar nosotras mismas nuestras pertenencias una sobre otra en una silla y quedarnos alrededor disfrutando al son de la música (?), con nuestros vasos llenos. Qué divertido. Luego de solicitarle por sms al DJ un compi de Gilda que nos vuelve locas, conozco a un muchacho bastante interesante. (De mi fugaz affair y posterior amistad con el DJ de aquel boliche, hablaré en otra ocasión). Con el interesante joven que acababa de conocer, me perdí por ahí y, estúpidamente, me alejé de mis pertenencias. Estúpidamente, porque no me di cuenta de que mis amigas habían hecho lo mismo respectivamente. Una manga de estúpidas. Y no hay nada peor que una pequeña barra de amigas estúpidas y encima, borrachas. Más estúpidas todavía. La cuestión es que, luego de ciertos arrumacos, me jacté de que aquella silla que había hecho las veces de guardarropa improvisado, contenía más o menos la mitad de las cosas que poseía al iniciar la noche. Todos mis sentidos volvieron al instante y, enojada con todos a mi alrededor, menos con mi ocasional compañero y mis estúpidas amigas, fui derecho a la silla con la sola idea de recuperar MIS cosas. Y parece que esa noche, los malhechores andaban con frío y pudieron acobijarse al resguardo de cuatro camperas bien abrigadas: las nuestras. Y ahí, todo lo malo que uno lleva reprimido, salta al exterior y te la agarrás con el primero que se te cruza. Y mi compañero ocasional, que trataba de calmarme… “Lauri, yo te la pago”. No! Qué pagármela, yo quiero la mía, acá te roban no sólo con la bebida… te roban hasta la dignidad, te roban la necesidad básica de vestimenta! Y ya no te importan los cuatro grados del exterior y el rocío que empieza a caer, porque estás tan re caliente con el mundo que te olvidás de todo. Mi primera reacción luego de inspeccionar los alrededores fue, obviamente fiel a mi estilo de que el que no llora no mama, dirigirme a la barra con la intención inicial de quejarme de algún modo. Y fui hacia allá. Y el pobre Franco (mi compañero) que me seguía, cual pequeño nene al Spider de los trencitos de la Costa. Llegué a la barra y, para mi sorpresa, no me topé con un experto y musculoso barman, sino con un flacuchín que no superaba los diecisiete. Y ahí, no sé por qué, me olvidé de la campera y mi enojo fue contra el empleado, a quien, luego de increparlo violenta y maleducadamente por su apariencia de corta edad, no tuve mejor idea que pedirle los documentos para constatar de que estuviera autorizado a vender alcohol. Sí, como lo leyeron: yo, una infeliz clienta borracha y recientemente víctima de un asalto a vaso armado, pidiéndole la “documentación correspondiente” al barman. “Dale flaco, que vos no tenés 18 ni en pedo, mostrame el dni”. Whaaaaat? Ante la negativa del acusado, mi campera volvió a mi afectada memoria y, olvidándome de mi altercado con él, le solicité amablemente el libro de quejas y sugerencias del lugar. Aaah? ¿Recién le estaba exigiendo atropelladamente los documentos y ahora le pido el libro de quejas porque me robaron la campera?... Y luego de la segunda negativa de quien para mí era un adolescente en pleno desarrollo pubertal, alguien me tocó el hombro. Y no era Franquito, sino el hombre que decía ser el dueño del lugar, quien me invitó a hacerme a un lado, al costado de la barra, donde me aclaró que la entidad no tenía libro de quejas y que no se hacían responsables por la eventual pérdida de objetos personales. ¿Pérdida? ¡Si fue una clara violación a la propiedad privada! ¿Y ahora a quién me iba a quejar, mierda? El mismísimo capo del lugar había venido hacia mí y me había coartado toda chance de reclamo… La cuestión es que, a esa altura de la noche, con la incipiente resaca que pedía permiso para entrar en situación, lo único que deseaba era encontrarme con mi cama. Y ahí, dejó de importarme la campera, la edad del barman, el compi de Gilda, todo. Pero quién me quita lo bailado. Pedirle el DNI al tipo de la barra sólo porque tiene dos granitos pubertales, marca un antes y un después en mi vida. Un abrigo, en una fría noche de invierno, no se le niega a nadie. Claro que yo no tuve ni oportunidad de negarlo. Eso sí, la siguiente vez que acudí al boliche, puse un pie en el lugar y el otro pie en la cola para el guardarropa.

jueves, 13 de marzo de 2008

Un tropezón es caída

Sigo con las anécdotas. Pero la de esta vez, tiene ubicación en la cancha de Ferro. Una amiga mía diría: “pero ¿qué tiene que ver el culo con la témpera?" Y es simple, la autora de este blog es fanática del dúo Sin Bandera, quien se presentaba como parte de su gira despedida en dicho estadio, un viernes de febrero. Planteo situacional: mi hermana y yo; fila veintipico de campo, buena ubicación, asientos numerados, cielo parcialmente nublado, probabilidad de lluvias, baños cerca (detalle que suelo constatar al momento de localizarme en un lugar), banda soporte muy buena, no muchas pendejas gritando… en fin, panorama despejado como para disfrutar de un show excelente. Momentos previos al concierto. Descubro que mi meato urinario marca flechita roja, por lo que debo desocupar el espacio para la eventual futura formación de nuevo líquido. Qué fina. Localizo los sanitarios más cercanos, sitos a unos veinte metros y emprendo el viaje hacia los cubículos móviles que suelen utilizarse en estos eventos y que algunos denominan “baños higiénicos”. La ida fue muy bien: pude efectuar mis necesidades fisiológicas sin problemas y, vejiga vacía de por medio, regreso hacia mi lugar. Y ahí comienza la parte difícil. Quien haya concurrido a un recital canchero (digo, por la cancha), sabrá que los organizadores (bah, ellos mismos no, sus esclavos) colocan una especie de baldozas de plástico gomoso que forman como un parquet para no arruinar el césped. O para arruinarlo, pero todo parejiiito. Hasta ahí, todo bien, pese a mis sandalitas con taco que no se por qué mierda me había puesto ese día. Mi problema, y lo que trae a colación (?) esta anécdota, radicó en que una de las baldocitas del "parquet-arruina-césped" decidió desincrustarse de otra, formando una clase de elevación que cualquiera podría ignorar. Cualquiera que, encima, llevara puestas unas sandalitas con taco, como yo. Y ahí fue cuando mi aparato locomotor, mis lentes de contacto, mis doce años de natación, la presión atmosférica y la probabilidad de lluvias confabularon entre sí y me jugaron en contra. Y fue un golazo en contra, un injusto uno a cero sobre la hora jugando por el descenso a la C. Y sí, ahí entró en situación la baldocita mal incrustada. Y simplemente tropecé. Y caí, también. Y unas setenta personas posaron sus misericordiosas miradas sobre mí. La mayoría, contuvo la risa. Y dos mujeres atinaron a ayudarme. Pero, manteniendo el orgullo bien arriba, me levanté al instante, acomodé glamurosamente (?) mi cabellera bien planchada para la ocasión, miré de reojo hacia mis costados, les dije a las dos mujeres “no, gracias, estoy muy bien”, y seguí. Y seguí sintiendo a esas personas con la mirada en mí, en aquella pobre chica que intentaba zafar de la horrible situación de caer en público. Y encima, con sandalitas, pollera corta, pelo planchado… Fiel a mi estilo, antes de llegar a mi asiento, intercepté a uno de los guardias, tipo acomodadores, y le dije en tono de superada: “mirá flaco, aquella baldocita, ¿la ves? bueno, está mal puesta, me acabo de caer, así que fijate si podés hacer algo ¿si? Te agradezco, eh”, palmeando su hombro. Dicen que el que no llora no mama. Y la baldocita, al rato, ya estaba inscrustada otra vez. Para que ninguna otra fanática sufriera las consecuencias de la negligencia de los organizadores, que habían previsto vender pilotines por si llovía, pero no controlaron las irregularidades del parquet. Ojalá que el césped haya quedado hecho pelota.

martes, 11 de marzo de 2008

Anecdotario

Hoy, un compañero de trabajo, me dijo:
-“Dale Lau, contámelo otra vez…”.
Y debí hacerlo. Pero como me cansé de repetirlo, decido ahora plasmar en palabras, aquel tragicómico episodio que me convirtió en la protagonista de un hecho sin precedentes en mi lugar de trabajo (advertencia: es posible que la anterior afirmación sea un tanto exagerada)...
Era un sábado de noviembre. Sentada yo en mi puesto, tipeando vaya a saber qué (seguramente preparando algo para mi programa de radio), me encontraba cuando dos docentes de Económicas irrumpieron en la oficina (en ausencia de mi jefe, quien a su vez es autoridad en ese Decanato), insultándose mutuamente y muy nerviosos.
Me preguntaron por el “Dr. X” (he decidido resguardar la identidad de mi superior), el cual seguramente se encontraba en pantuflas en su casa, o paseando a su pequeño conejo “Espumita”, o simplemente inmerso en su habitual financiero ámbito.
Ante mi respuesta negativa, la situación empezó a ponerse quenchi, debido a que el nivel de ofensa en sus insultos comezó a ser cada vez más elevado.
Para resumirlo: ambos profesores, compañeros de cátedra, se creían con derecho a tomar su examen. Es decir, cada uno había preparado un parcial distinto y los dos querían tomar su propia versión, sin cederle el lugar al otro.
Como procedimiento lógico, les pregunté, tratando de no perder la calma, cuál de los dos era el titular de la materia, quien tendría la prioridad para tomar el parcial. Mi cuestionamiento los dejó anonadados, ya que ninguno supo responderme.
-Yo no soy, ¿sos vos?
-No, yo no, ¿pero quién es?
Siguiendo mi proceder lógico, pasé a fase dos y llamé al Sector Docentes para conocer quién cazzo era el titular de la cátedra, al tiempo que estos dos sujetos reanudaban su pleito, insultándose, recordando la madre, la tía y la hermana de cada uno, acercándose cada vez más y arremangándose las respectivas camisas…
-Docentes, buen día.
-Sí, Susana, yo Laura… ¿me podés decir quién es el titular de Planeamiento?
Ante esta pregunta, mi compañera, oyendo la acalorada discusión a través del teléfono, osó preguntarme, como ignorando mi cuestión inicial…
-¿Qué, hay bardo?
Y ahí fue cuando mi sistema nervioso central me jugó una mala pasada. Sin pensarlo, no dudé en levantar la vista hacia los dos contendientes y expresar en tono decidido y rostro serio…
-El Doctor Aybardo es el titular de la cátedra.
Terminé de pronunciar esa barbaridad y caí en la cuenta. Ya estaba, no tenía vuelta atrás. No sólo había inventado un profesor, sino que ambos se detuvieron un segundo, se miraron a los ojos y, casi al unísono, dijeron:
-Ah, es Aybardo. Bueno listo…
Reanudaron nuevamente su discusión, dieron media vuelta y sin decir adiós, salieron de la oficina sin darse cuenta de la estupidez que yo había pronunciado.
Y yo ahí, parada ante mi escritorio, con el tubo del teléfono en la mano, meditando la situación. Y Susana, del otro lado, que me decía “no, Laurita, te pregunto si hay bardo, si hay quilombo!”
Y sí, lo había. Pero ahora, el bardo no sólo había pasado por mi oficina, sino que también era el nuevo titular de Planeamiento.

sábado, 8 de marzo de 2008

Popurrí



No recuerdo la última vez que salió el sol.
Esta mañana parecía que repuntaba. Y quedó ahí, en la apariencia. Todo el día lloviendo. Igualmente, me gustan los días así, no sé por qué. Será porque es la excusa perfecta para no tener que ir a esos lugares donde realmente no tengo ganas de ir. O porque "no puedo" visitar a la gente a la que le tengo esa visita prometida desde hace meses. O porque "lo único que se puede hacer" es mirar la tele o boludear con la compu... y claro, "¿qué querés que ordene con esta lluvia"?, "¿qué querés que haga de productivo si está lloviendo?".
Excelente. Eso sí, a la nochecita pinta el bajón y me siento encerrada. Pero enseguida me olvido de eso, me recuesto y enciendo la tele. Y otra vez al mismo zapping que inicio sabiendo que no va a haber nada interesante.
Pero no siempre hace falta que algo sea interesante para que sea entretenido. Y esta frase me recuerda otra que leí hace unos días: No existen cosas sin interés; sólo existe gente incapaz de interesarse.
Pero bueno, eso ya es otra historia.
En fin... Día de la Mujer, que ya transcurrió, a la manera de un simple huevo: pasado por agua.
Guardo cierto rechazo al día que se conmemora hoy. Pero recibo gustosa los mensajitos de amigas diciendo feliz día... sí, amigas. Como si nos conformáramos con celebrarnos nosotras mismas esta fecha que, una vez más, pasó sin pena ni gloria.

jueves, 6 de marzo de 2008

Estoy trabajando

En realidad, ahora estoy simulando que trabajo.
La pantalla de mi computadora da directamente a la visión de mi jefe, quien tiene su escritorio a unos cuatro metros del mío, en perpendicular. Es decir, si observara meticulosamente, vería que estoy tipeando en Word. Pero tranquilamente, podría estar redactando una carta formal o completando un formulario de presupuesto, que son algunas de mis aburridas tareas diarias.
Mi día viene tranquilísimo. Cada vez que suena alguno de los teléfonos de la oficina (que son tres, como para entretenerme), mi jefe dice “pero quién rompe las pelotas ahora”. Es que mucha gente acude a nosotros para solucionar sus problemas.
Y acá, como en todos lados, hay burocracia, papeles, facturas, legajos, docentes con problemas, alumnos con problemas, autoridades con problemas…
Pero también hay buena gente.
Eso es lo que me mantiene contenta.
Hoy ya fue otro día.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Missing you

Mañana de cielo gris, bien cargado.
Mañana de recuerdos, de ratos en que se revive todo. Como si un año fuera un día, como si el tiempo hubiera perdido su capacidad de sanar. O como si ya no lo hiciera conmigo, por lo menos.
Mañana en este día que no quisiera empezar. Cuesta bastante arrancar a tanto y tan poco de aquel otro día, en que otro angelito se dispuso a acompañarme sin que yo lo viera, en forma invisible pero bien palpable.
Mañana de cielo gris, bien cargado.
Mañana será otro día.

martes, 4 de marzo de 2008

Es la nada misma

Comienzo un espacio de reflexión. Sé que probablemente nadie (o muy pocas personas) lean esto. Pero lo hago, de todas formas. Porque siento que tengo mucho para decir, aunque a veces me quede sin palabras. No tengo expectativas al respecto. Este puede ser el último posteo. O, en el mejor de los casos, puede que sea el inicio de una larga lista que palabras sin sentido para el mundo. Aunque, la verdad, me basta con que tenga sentido para mí, para mi propio mundo, y que pueda acá expresar lo que muchas veces callo sin motivos. Esos pensamientos, suposiciones, evidencias de mi vulnerabilidad interior, que de repente empiezan a rondar en mi cabeza y después de un tiempo se van casi sin que me dé cuenta. En fin. Estoy haciendo un preámbulo de algo que ni siquiera tengo la certeza de que voy a continuar. Pero lo hago igual, porque estas líneas ya me ayudaron. Soy única. Como todos los demás.