martes, 29 de abril de 2008

"Esta vez... peleamos!"

Ayer recordé un feliz episodio, por el que mi hermana debió sufrir, por mi culpa, una de las mayores vergüenzas (ajenas) de su vida. Esto ocurrió hace unos tres o cuatro años, en el marco del estreno cinematográfico de El Retorno del Rey. Como se acostumbra, los días previos al lanzamiento, una gran cantidad de publicidad inundó la pantalla chica, con algunos momentos de la peli. Uno de esos momentos, que luego se convertiría en objeto de esta anécdota, es cuando uno de los protagonistas (Aragorn, para los entendidos), dirige la última Batalla. Hete aquí que, la única parte que las publicidades televisivas esgrimían, era el momento en que el héroe gritaba a viva voz a todos sus luchadores montados a caballo y dispuestos a dar pelea, dándoles una especie de charla técnica y motivadora. Y ahí, Aragorn, como último empuje de exaltación, gritaba (aludiendo al idioma original): “This time, we fight!”, levantando su lanza al cielo y dando inicio a la cabalgata de los jinetes hacia el ojo de la pelea. Ahora bien, en las tantas veces que veía esa propaganda, previo al estreno de la película, yo acostumbraba a repetir al unísono con Aragorn, la frase “this time, we fight”, que no se por qué, me encantaba. Sería acaso el versito, la fonética, tenía algo que me obligaba a repetirla una y otra vez al verla en pantalla. Día del estreno nacional. Obviamente, mi hermana y yo, a la primera función. Buenas ubicaciones, ni muy lejos, ni muy cerca, todo perfecto, bien en el centro de las butacas, de manera de tener que molestar por lo menos a quince personas en el momento de concurrir al baño en el medio de la función (teniendo en cuenta las tres horas y media de largometraje y la inevitable gaseosa grande, ya sin gas y con el hielo derretido)… Momentos culminantes. La Batalla estaba a instantes de desatarse. Y Aragorn, comienza a gritar a sus soldados. Y recorre la hilera de jinetes armados y listos para el combate. Y Viggo Mortensen (quien encarna a este personaje) pronuncia el mejor libreto de su vida. Un monólogo de cinco minutos excelentemente caracterizado, con una seguridad, una rudeza y una semblanza digna de un Oscar al mejor actor. Y en el momento de cerrar su discurso de aliento a sus guerreros, grita el tan conocido por mí “this time, we fight!”. Y aquí viene el asunto: en aquel preciso momento, no sé por qué extraño motivo, olvidé repentinamente todo a mi alrededor. Olvidé las 200 personas que me acompañaban en la función, olvidé mis ganas de orinar, olvidé la Coca aguada que tenía en el apoyabrazos, olvidé finalmente que se trataba de una película, de algo que no era real, de algo que jamás había ocurrido. La adrenalina de mi cuerpo se multiplicó y fluyó por mis poros como nunca antes. Me sentí, de pronto, en el Campo Batalla, con lanza en mano, montada a mi caballo y a punto de dar mi propia vida contra los ejércitos del Mal. Y en el mismísimo momento en que Aragorn gritaba su frase, yo, en un instante de anarquía cerebral, vociferé a cuatro voces lo mismo que el actor. Sí: grité “This time we fight!”, alzando mi brazo al aire con el puño cerrado. Sí: lo hice en el cine, al tiempo que mínimo cien personas volteaban sus cabezas desconcertadamente, en busca de la autora de tan gran desubicación. Y al tiempo que lo hice, volví a la realidad. Acababa de gritar, cual si estuviera yo misma en la batalla, unas palabras en inglés. Y no solo eso: había levantado mi brazo al aire, con el puño cerrado. Claro, si la hacía, la hacía bien... Y mi hermana, testigo inmediato de dicha situación, pareció morir hundida en el mismo lodo en que yo me había enterrado. Derrotadas ambas, víctimas de la ceguera mental que el fanatismo por una película puede producir en una persona. El resto de la situación, no la recuerdo. Dicen que a los feos momentos, nuestras mentes los reprimen en el inconciente, y creo que eso ocurrió en mi cerebro. Igualmente, feo, lo que se dice feo momento, no fue. A lo sumo, un estado máximo de vergüenza propia y vergüenza ajena (en el caso de mi hermana)… Suerte que esa batalla la ganamos. Suerte que, con las fuerzas del Bien, logramos superar la maldad hasta entonces reinante en el mundo. Suerte que, finalmente, los Campos de Batalla esgrimieron nuestro nombre en su estandarte, y nuestro grito de gloria fue escuchado hasta en los más lejanos confines cinematográficos.

martes, 22 de abril de 2008

Documentos, por favor...

Desde el domingo, se rumorea que tres amigas salieron a festejar la vida en manos de unas cuantas copas espumantes.

Dicen que poco antes de arribar al lugar que, horas después, sería testigo de su embriaguez, una de ellas constató que carecía de DNI. Y justo concurrirían al único sitio castelarino que pide documentación al momento del ingreso.

Cuentan las malas lenguas que, frente a la falta de comprobante natal, intentaron ingresar agachando la mirada e ignorando al guardia de la puerta, quien las detuvo en seco y esbozó un “No no, documentos por favor”.

Y dicen que la indocumentada, en un instante de extraña lucidez, recordó que aquella tarde había obtenido algo que podría servirle en aquella situación. Sacando un pequeño papel plastificado, impreso en borrador de computadora, miró decididamente al patovica de campera de cuero negra y le dijo en forma muy didáctica:

-Mirá, te muestro mi CUIL. Ves, dice 31 millones, eso quiere decir que tengo 22 años.

Comentan que el guardia, anonadado por lo inédito de la situación, sólo atinó a decir: “No, cédula, registro, DNI…”. Frente a aquella exigencia, la amiga de la pseudo-documentada, quien otrora habría sido invitada a retirarse del lugar por prepotear al barman, respondió, tratando de simular una simpatía compradora:

-Mirá, este es mi DNI, ves, dice 31 millones y soy de enero del 86, o sea que tengo 22 años. Entonces, si el CUIL de ella dice “31 millones”, también tiene 22, ¿no? Y si querés te puedo mostrar también el registro, porque tengo registro, ¿querés que te lo muestre?...

Dicen que el guardia de seguridad del lugar, en actitud de derrota, las dejó pasar, como si nada hubiera sucedido. Como si el CUIL de una persona fuera un documento claramente válido para ingresar un lugar expendedor de alcohol.

Y comentan que las amigas se divirtieron de lo lindo, con la ilusión de que les pidieron documentos porque aparentaban ser menores de 18, con la satisfacción de haber sentado precedente en el ingreso del boliche, y con la alegría de saber que sacar el CUIL sirve para algo.

jueves, 17 de abril de 2008

Un tropezón es caída II

Definitivamente, tengo un problema personal con los parquets. O ellos lo tienen conmigo. Pero parece que va en serio. Parece que estoy destinada a sufrir altercados de toda clase, con pisos de ese estilo. O por ahí, en una de esas, fue culpa de mis botitas nuevas. Pero prefiero creer que un reciente encerado me provocó el incidente. Horario pico en mi trabajo. Decir seis de la tarde en el Departamento de Alumnos de la Universidad de Morón es decir popular de Boca Juniors a los quince del segundo tiempo de un superclásico en la Bombonera. Hablando mal y pronto, alumnos a cagarse. Ingreso yo muy campante al Departamento. Noto al dar el primer, que el piso de parquet se encuentra más resbaladizo que de costumbre, pero decido ignorar dicha particular situación. Dificultosamente, continúo caminando, tratando de hacer pie en las arenas movedizas del encerado parquet, cuando escucho desde uno de mis costados, a unos pocos metros, un ansioso “Lau!”. Y yo, atino a tornar mi cabeza hacia mi derecha para saludar a mi compañera, al tiempo que mi sistema nervioso central (el cual, cada tanto, se me rebela), olvida mandarle la orden a mis extremidades inferiores, quienes desconocieron dicha disposición y siguieron camino. Entonces, en el momento en que mi cerebro logra enviar la señal correspondiente a mis piernas y éstas frenan, ya es tarde. Esto, sumado a la pésima intención del parquet recientemente encerado, quien, cual mi peor enemigo, decide jugarme una muy mala pasada. Y digo “muy mala”, teniendo en cuenta que me encuentro en la popu de la Doce a los quince del segundo tiempo del superclásico, y unos veinticinco alumnos se convierten en testigos presenciales de mi tropezón y consiguiente caída. A no confundirse, que no llegué a depositar mi cuerpo en el odioso parquet, sino que sólo mi rodilla derecha lo conoció de cerca. Bien de cerca. O por lo menos, eso me expresa ahora, lastimada y dispuesta a convivir con un lindo moretón y huevito, que dolerá unos días… Repitiendo el procedimiento desarrollado en mi caída anterior, en cancha de Ferro, me levanto inmediatamente, acomodo al punto de la exageración mi cabello planchado, miro a mi alrededor para constatar la cantidad aproximada de alumnos que contienen la risa, sacudo nerviosamente las rodillas de mi lindo y súper cómodo pantalón del uniforme, saludo finalmente a mi compañera y prosigo mi camino.


Y yo que pensaba que caer estrepitosamente en una cancha, en la previa de un recital, era demasiado. Lamentablemente, no encontré a nadie a mano como para quejarme de tal situación. Igualmente, mejor, porque seguramente me dirían “Nena, si está sucio porque está sucio, si está limpito y encerado porque está limpito y encerado”. Puede que no haya nada que me venga bien. Pero que definitivamente el parquet tiene un problema personal conmigo, de eso, no cabe la menor duda.

lunes, 7 de abril de 2008

Cambia, todo cambia

Ayer me di cuenta de que últimamente me contento con boludeces.

Y no es que mi vida haya perdido sus iniciales aspiraciones de grandeza, sino que ha ganado en valoraciones ínfimas, básicas, que hacen a la esencia vital de una persona.

Ninguna gansada; esto es de verdad, esto me está fluyendo en este momento de mi interior, cual agua de manantial, cual líquido gástrico de esófago, cual lava encenizada de géiser...

Y esto viene a que ayer, al arribar al trabajo y dirigirme al sanitario a higienizarme las manos, como acostumbro luego de viajar en cualquier transporte público (lo que seguramente me ha salvado de varias enfermedades), descubrí con asombro y sorpresa que el jabón líquido era distinto del día anterior. Ya no era la típica baranda a jabón líquido de todo baño público. Ahora, era otro, más delicado, más fino, más exquisito...

No supe en forma inmediata en qué había cambiado. ¿Sería su textura, su trama?, ¿o simplemente su forma de deslizarse sobre mi piel?

Mmm, no, nada de eso: era su aroma. Ahora, el jabón desprendía un bello aroma a manzana verde, a manzana fresca, a manzana recién caida del árbol y con el punto justo de maduración. Qué ricura.

Con una sonrisa dibujada en mi rostro y mis manos limpitas y recogijándose con ese nuevo revestir que las cubría delicadamente de aroma frutal, salí del toilette. Una pelotudez, pero qué poca cosa es suficiente para dejarme contenta.

Meditaciones

Primer día de mi último año en la ya querida UNLaM.
Hoy cursé Comunicación e Imagen Institucional. Zafa mucho. Aunque espero que sea más que eso porque me genera curiosidad, lo cual es un gran mérito para una materia, a esta altura de la carrera.
También, espero que no sea una de esas materias que simplemente pasan,
sin pena ni gloria,
sin chicha ni limonada,
sin pausa pero sin prisa,
sin el pan y sin la torta (¿?).
¿Alguien tiene algún otro sinónimo para agregar?

martes, 1 de abril de 2008

El viaje

De cuando jugaba a ser escritora...
Muy largo y cansador resultó el viaje hasta aquí, más de lo que yo había imaginado antes de emprenderlo, al huir de mi hogar y abandonar a las personas con quienes vivía.
Mi traslado comenzó hace mucho tiempo, desde un pequeño pueblo, alejado de todo. Yo buscaba algo distinto; quería cambiar mi forma de vida. Deseaba conocer otra gente, otros lugares. Decidí, antes de empezar, que me quedaría a vivir en donde encontrara realmente mi paz interior y pudiera habitar en calma conmigo mismo.
Al principio, comencé corriendo. Pero luego de unos kilómetros mi correr se convirtió en un tranquilo caminar, ignorando mis grandes deseos de llegar al destino tan esperado y tan distante al mismo tiempo. Ese destino que, en realidad, era desconocido para mí.
Durante mi viaje, recorrí muchas ciudades del mundo. Muchas de ellas me parecieron bellísimas, otras no; pero en ninguna sentí muchas ganas de quedarme para siempre. También conocí muchas personas, muy distintas entre sí. Logré que algunas me aceptaran, viví junto a muchos seres, quienes me abrieron su corazón y pude ocupar un pequeño lugar en sus vidas. Fui muy feliz durante un largo tiempo. Iba de hogar en hogar, buscando nuevos amigos para poder compartir con ellos buenos momentos.
En una calurosa mañana, me desperté sobresaltado, al mismo tiempo que el alba despuntaba. Sentí en lo más profundo, que ese día sería realmente importante para mí. Luego me daría cuenta de que aquella corazonada era correcta: a partir de aquel día comenzaría a cambiar el rumbo de mi vida para siempre…
Una extraña intuición me obligó a escapar del hogar en el que había vivido durante los últimos meses. Fue difícil abandonar a esa familia, ya que había crecido en mí un gran cariño hacia aquellos niños. En el momento en que decidí partir, ellos dormían tranquilos.
Y así me encontraba yo, otra vez vagando por las calles, cruzando solitariamente los campos. Durante mucho tiempo, comí cualquier cosa que algún amable vendedor me quisiera regalar, sufría mucho el hambre y el frío. Pese a esto, no me sentía arrepentido de nada: mi resolución había sido dictada por la voz de mi conciencia. Y la de mi corazón.
En una soleada tarde, cuando caminaba sin sentido por un inmenso campo, descubrí con sorpresa que me encontraba en lo alto de una colina. Me asombró enormemente ver que se imponía frente a mí, un hermoso paisaje de primavera, que envolvía con aroma fresco y delicado a las aves morenas que volaban en la zona.
Rodeado de una agradable arboleda, pude de pronto contemplar la perfecta transparencia de un sereno lago a mi derecha.
La dulce brisa que reinaba en las tardes primaverales, ese día quebraba la armonía que mantenía el silencio y luego acariciaba suavemente mi rostro.
La enorme esfera dorada que descansaba tranquila en el horizonte, interrumpía imprevistamente el color turquesa claro del cielo, cubierto parcialmente de copos de algodón.
Las sedosas hierbas verdes que se encontraban debajo de mí, eran como un delgado colchón de plumas y estaban aún húmedas por la fría llovizna que había caído unos instantes antes...
Imprevistamente, me invadió una alocada idea: mis pensamientos se encontraban en blanco, excepto por una imagen que rondaba insistentemente alrededor de mí. Me imaginé viviendo en medio de aquella preciosa naturaleza, la que me había enamorado desde el primer momento en que la había contemplado. Y allí, por fin, me sentía completamente feliz.
Entonces, me di cuenta de que después de tanto tiempo, mi viaje había finalizado. Resolví con emoción, que a partir de ahí no recorrería más el mundo en busca del lugar perfecto en donde vivir: ya lo había encontrado, y me quedaría para siempre. Mi viaje no había sido en vano, ya que había obtenido lo que yo buscaba al iniciarlo, muchos años antes…
Viviré aquí y seré feliz hasta el día en que parta para siempre de este mundo.
Muchas cosas tengo para contar, lo sé. Es una lástima que nadie más que yo sepa de las tantas cosas que ocurrieron en mi vida. Pocos como yo, recorrieron el mundo entero, sólo para encontrar un lugar apropiado para vivir en paz. Pocos como yo conocieron tanta gente, tantos lugares. Es una lástima que sea yo únicamente un pobre perro manso que busque la felicidad, aferrándose a creer que su vida, ha valido la pena ser vivida.
Ma. Laura - 2001