lunes, 24 de marzo de 2008

De cómo sacar el registro y no morir en el intento

Creo que la hipótesis de que a las mujeres ciertas cosas nos cuestan más, en mí, por lo menos, se comprueba. Ya conté que el guardarropa del boliche era para mí un elemento de subestimación, hasta que me sustrajeron una campera por dejarla en una silla. Lo mismo me ocurrió con el registro de conducir. Hace poco, en una charla entre amigos, tiré un “este verano saco el registro”. Sí; como si fuera tan fácil. No, señores: sacar el registro no es moco de pavo. No se trata de levantarse un día y decir “bueno, hoy saco el registro”. Y esta ocasión, mi meta fue personal. Era conseguirlo a como diera lugar. Si hacía falta levantarme a las cinco de la matina para practicar estacionamiento, lo haría. Si hacía falta hacerme la simpática con un instructor de manejo, lo haría. Si hacía falta alquilar mi cuerpo para pagar el documento, lo haría. Por suerte, no hicieron falta algunas de esas cosas. Así, sin dudarlo un instante, decidí ingresar al mundo de la corrupción, del acomodo y la trampa automovilística, y del encubierto negocio de la malversación de documentos vehiculares: me metí en una autoescuela. Y siendo parte de una de las principales fuentes de sospecha del destino de ciertos fondos recaudados, me sentí muy bien. Contraté diez clases de media hora. La primera fue breve, pero le bastó a Nahuel, mi instructor, para darse cuenta de que diez no serían suficientes. Y las clases terminaron siendo veinticinco. Todo era por el registro que, a esa altura, ya había pasado a ser un ensañamiento personal, no un simple objetivo de verano. Y con las veinticinco clases adentro, mañanas y tardes de práctica y las señales aprendidas de memoria, me mandé a rendir. Rendí el teórico, el curso de educación vial, me saqué la fotito, el examen de vista, todo excelente. Hasta me dieron los cartoncitos con una P blanca, bien grande, de conductor principiante, que se debe usar en los primeros seis meses de manejo. Hermosa la P. Y, junto con mi instructor y el Suzuki de la autoescuela, fui a dar el práctico. Y me bocharon. No me dieron chance de lucirme. Las tres oportunidades para estacionar no me fueron suficientes. Y estacioné como si nunca antes me hubiera subido a algo con cuatro ruedas. Y me dio mucha vergüenza. Y noté la vergüenza ajena en el rostro de mi instructor, que así como me llevó, me trajo, derrotado. Porque no la había errado por poquito, sino que me había quedado muy mal. Yo diría que como tres metros de inclinación. Sin soborno que salvara la situación, me retiré aquella vez, con la P de Papafrita. Pero no me iba a ganar. Mi ensañamiento personal ya era muy fuerte. Era mi honor el que estaba en juego. Mi honor y mi dinero, claro. Y a los tres días volví. Aboné la suma correspondiente a la bendita autoescuela y mi instructor no tuvo otra opción que llevarme nuevamente a rendir. Y todo el viaje hasta la pista de examen, repasando mentalmente el mecanismo para un correcto estacionar. Ahora, era mi honor, pero también el de Nahuel. Al llegar, el agente examinador se acordó de mí en cuanto me vio. “Medina, a ver si me estaciona mejor que el otro día”. Me recordaba, pero no por mi destreza al volante, sino por ser la boluda que había estacionado tres metros mal. Tres metros. Pero ahora, contra todos mis pronósticos (y los de Nahuel) lo hice bien. “Una menos”, pensé. Pero todavía faltaba mucho. "Medina, diríjalo allá y estacione en 45 grados marcha atrás". Otro reto al destino, no obstante lo cual, también lo hice. Pero ajustadísimo. Y el agente, señalándome uno de los conos, me dice, en tono de pocos amigos: -Medina, fíjese, si este conito es un auto, usted no puede bajar. Hágame el favor, sáquelo y vuélvalo a estacionar... pero bien. Lo intenté y quedé en el intento. Y el agente, totalmente resignado, aunque recordando el porcentaje que seguramente le tocaría por aprobarme, observando a mi instructor sacar un paquete de puchos en señal de coima y viendo la cola de autos que se empezaba a formar detrás de mí, decidió tenderme una mano en medio de la oscuridad en la que me estaba sumiendo. “Bueno, Medina, usted haga lo que yo le digo, ¿okey? Avance dos metros recto”. Y yo avanzaba dos metros recto. “Ahora gire todo el volante para su derecha”. Y yo giraba para la derecha. “Ahora ponga marcha atrás y mire el retrovisor”. Y yo ponía marcha atrás y miraba. “Bien, ahora largue el embrague de a poquito, métalo y enderece”. Y yo lo hacía tal cual me indicaba. Y así lo logré. Lo logramos, el agente y yo. Luego, adentro de un cuartito, me tomaron señales de tránsito. Y ahí no fallé ni una, todas de memoria. Me pasearon por la tabla entera de señales, seguramente para asegurarse de que no sabría manejar, pero al menos sabría interpretar las indicaciones del camino. Luego, me hicieron arrancarlo para manejar a prueba unas cuadras. “Espere”, me dijo el agente. “¿No se olvida de algo?”. Y ahí me di cuenta de que había hecho unos cuantos metros con el freno de mano puesto. Qué vergüenza. Era lo básico y me había olvidado. Lo saqué y manejé las cuadras correspondientes. Y fui todo el tiempo en segunda y con el cinturón puesto. Pero era válido, ya era pan comido. Y así fue como obtuve el registro. Pero que la sufrí, la sufrí. Aunque no sé si tanto como Nahui, que a esa altura era mi íntimo amigo. Y claro, todo un verano de prácticas matinales y las veinticinco clases de repetir y repetir procedimientos de manejo por los cien barrios moronenses.

Antes dije que, probablemente, a nosotras nos cuesten algunas cosas más que a los hombres. Y lo sostengo. Eso sí, mi P blanca jamás la usé. Es mi pequeña venganza en un mundo donde la conducción vehicular no es para cualquiera.

sábado, 15 de marzo de 2008

Nunca subestimes un guardarropa de boliche

Esto tiene que ver con esas situaciones que suelen darse luego de la ingesta progresiva y constante de alcohol. Digamos que no niego la presencia de dicha sustancia estimulante-alucinógena-depresiva en mi organismo, la que fue punto de partida en esta ocasión. Esta vez tuvo lugar en cierto boliche de Castelar City, muy de mi agrado. Era invierno. Bajón salir en invierno, debido a que… ¿dónde te metés la cartera, la camperita y la bufanda cuando ingresás al atiborrado lugar, cuya concurrencia excede ampliamente la capacidad permitida? No conozco a nadie que abone correspondientemente un guardarropa. Está bien, son cuatro o cinco pesos y te olvidás de tus bártulos. Pero, sin embargo, me niego a pagarlos. No sé, creo que es una cuestión moral. Me indigna pensar que, no sólo te cobran una botella el doble o triple de lo que se abona en cualquier supermercado oriental, sino que, aparte, te traen el maní húmedo o las papas fritas quemadas. Y ni hablar, de que pedís maní chino y te dicen “no, te lo debo”. Y encima de todo, te quieren sacar cinco pesos para amontonarte la ropa en un lugar que ni siquiera está a la vista de los consumidores. A mí, no me engañan. Tanto. La cuestión es que, con mis amigas, decidimos amontonar nosotras mismas nuestras pertenencias una sobre otra en una silla y quedarnos alrededor disfrutando al son de la música (?), con nuestros vasos llenos. Qué divertido. Luego de solicitarle por sms al DJ un compi de Gilda que nos vuelve locas, conozco a un muchacho bastante interesante. (De mi fugaz affair y posterior amistad con el DJ de aquel boliche, hablaré en otra ocasión). Con el interesante joven que acababa de conocer, me perdí por ahí y, estúpidamente, me alejé de mis pertenencias. Estúpidamente, porque no me di cuenta de que mis amigas habían hecho lo mismo respectivamente. Una manga de estúpidas. Y no hay nada peor que una pequeña barra de amigas estúpidas y encima, borrachas. Más estúpidas todavía. La cuestión es que, luego de ciertos arrumacos, me jacté de que aquella silla que había hecho las veces de guardarropa improvisado, contenía más o menos la mitad de las cosas que poseía al iniciar la noche. Todos mis sentidos volvieron al instante y, enojada con todos a mi alrededor, menos con mi ocasional compañero y mis estúpidas amigas, fui derecho a la silla con la sola idea de recuperar MIS cosas. Y parece que esa noche, los malhechores andaban con frío y pudieron acobijarse al resguardo de cuatro camperas bien abrigadas: las nuestras. Y ahí, todo lo malo que uno lleva reprimido, salta al exterior y te la agarrás con el primero que se te cruza. Y mi compañero ocasional, que trataba de calmarme… “Lauri, yo te la pago”. No! Qué pagármela, yo quiero la mía, acá te roban no sólo con la bebida… te roban hasta la dignidad, te roban la necesidad básica de vestimenta! Y ya no te importan los cuatro grados del exterior y el rocío que empieza a caer, porque estás tan re caliente con el mundo que te olvidás de todo. Mi primera reacción luego de inspeccionar los alrededores fue, obviamente fiel a mi estilo de que el que no llora no mama, dirigirme a la barra con la intención inicial de quejarme de algún modo. Y fui hacia allá. Y el pobre Franco (mi compañero) que me seguía, cual pequeño nene al Spider de los trencitos de la Costa. Llegué a la barra y, para mi sorpresa, no me topé con un experto y musculoso barman, sino con un flacuchín que no superaba los diecisiete. Y ahí, no sé por qué, me olvidé de la campera y mi enojo fue contra el empleado, a quien, luego de increparlo violenta y maleducadamente por su apariencia de corta edad, no tuve mejor idea que pedirle los documentos para constatar de que estuviera autorizado a vender alcohol. Sí, como lo leyeron: yo, una infeliz clienta borracha y recientemente víctima de un asalto a vaso armado, pidiéndole la “documentación correspondiente” al barman. “Dale flaco, que vos no tenés 18 ni en pedo, mostrame el dni”. Whaaaaat? Ante la negativa del acusado, mi campera volvió a mi afectada memoria y, olvidándome de mi altercado con él, le solicité amablemente el libro de quejas y sugerencias del lugar. Aaah? ¿Recién le estaba exigiendo atropelladamente los documentos y ahora le pido el libro de quejas porque me robaron la campera?... Y luego de la segunda negativa de quien para mí era un adolescente en pleno desarrollo pubertal, alguien me tocó el hombro. Y no era Franquito, sino el hombre que decía ser el dueño del lugar, quien me invitó a hacerme a un lado, al costado de la barra, donde me aclaró que la entidad no tenía libro de quejas y que no se hacían responsables por la eventual pérdida de objetos personales. ¿Pérdida? ¡Si fue una clara violación a la propiedad privada! ¿Y ahora a quién me iba a quejar, mierda? El mismísimo capo del lugar había venido hacia mí y me había coartado toda chance de reclamo… La cuestión es que, a esa altura de la noche, con la incipiente resaca que pedía permiso para entrar en situación, lo único que deseaba era encontrarme con mi cama. Y ahí, dejó de importarme la campera, la edad del barman, el compi de Gilda, todo. Pero quién me quita lo bailado. Pedirle el DNI al tipo de la barra sólo porque tiene dos granitos pubertales, marca un antes y un después en mi vida. Un abrigo, en una fría noche de invierno, no se le niega a nadie. Claro que yo no tuve ni oportunidad de negarlo. Eso sí, la siguiente vez que acudí al boliche, puse un pie en el lugar y el otro pie en la cola para el guardarropa.

jueves, 13 de marzo de 2008

Un tropezón es caída

Sigo con las anécdotas. Pero la de esta vez, tiene ubicación en la cancha de Ferro. Una amiga mía diría: “pero ¿qué tiene que ver el culo con la témpera?" Y es simple, la autora de este blog es fanática del dúo Sin Bandera, quien se presentaba como parte de su gira despedida en dicho estadio, un viernes de febrero. Planteo situacional: mi hermana y yo; fila veintipico de campo, buena ubicación, asientos numerados, cielo parcialmente nublado, probabilidad de lluvias, baños cerca (detalle que suelo constatar al momento de localizarme en un lugar), banda soporte muy buena, no muchas pendejas gritando… en fin, panorama despejado como para disfrutar de un show excelente. Momentos previos al concierto. Descubro que mi meato urinario marca flechita roja, por lo que debo desocupar el espacio para la eventual futura formación de nuevo líquido. Qué fina. Localizo los sanitarios más cercanos, sitos a unos veinte metros y emprendo el viaje hacia los cubículos móviles que suelen utilizarse en estos eventos y que algunos denominan “baños higiénicos”. La ida fue muy bien: pude efectuar mis necesidades fisiológicas sin problemas y, vejiga vacía de por medio, regreso hacia mi lugar. Y ahí comienza la parte difícil. Quien haya concurrido a un recital canchero (digo, por la cancha), sabrá que los organizadores (bah, ellos mismos no, sus esclavos) colocan una especie de baldozas de plástico gomoso que forman como un parquet para no arruinar el césped. O para arruinarlo, pero todo parejiiito. Hasta ahí, todo bien, pese a mis sandalitas con taco que no se por qué mierda me había puesto ese día. Mi problema, y lo que trae a colación (?) esta anécdota, radicó en que una de las baldocitas del "parquet-arruina-césped" decidió desincrustarse de otra, formando una clase de elevación que cualquiera podría ignorar. Cualquiera que, encima, llevara puestas unas sandalitas con taco, como yo. Y ahí fue cuando mi aparato locomotor, mis lentes de contacto, mis doce años de natación, la presión atmosférica y la probabilidad de lluvias confabularon entre sí y me jugaron en contra. Y fue un golazo en contra, un injusto uno a cero sobre la hora jugando por el descenso a la C. Y sí, ahí entró en situación la baldocita mal incrustada. Y simplemente tropecé. Y caí, también. Y unas setenta personas posaron sus misericordiosas miradas sobre mí. La mayoría, contuvo la risa. Y dos mujeres atinaron a ayudarme. Pero, manteniendo el orgullo bien arriba, me levanté al instante, acomodé glamurosamente (?) mi cabellera bien planchada para la ocasión, miré de reojo hacia mis costados, les dije a las dos mujeres “no, gracias, estoy muy bien”, y seguí. Y seguí sintiendo a esas personas con la mirada en mí, en aquella pobre chica que intentaba zafar de la horrible situación de caer en público. Y encima, con sandalitas, pollera corta, pelo planchado… Fiel a mi estilo, antes de llegar a mi asiento, intercepté a uno de los guardias, tipo acomodadores, y le dije en tono de superada: “mirá flaco, aquella baldocita, ¿la ves? bueno, está mal puesta, me acabo de caer, así que fijate si podés hacer algo ¿si? Te agradezco, eh”, palmeando su hombro. Dicen que el que no llora no mama. Y la baldocita, al rato, ya estaba inscrustada otra vez. Para que ninguna otra fanática sufriera las consecuencias de la negligencia de los organizadores, que habían previsto vender pilotines por si llovía, pero no controlaron las irregularidades del parquet. Ojalá que el césped haya quedado hecho pelota.

martes, 11 de marzo de 2008

Anecdotario

Hoy, un compañero de trabajo, me dijo:
-“Dale Lau, contámelo otra vez…”.
Y debí hacerlo. Pero como me cansé de repetirlo, decido ahora plasmar en palabras, aquel tragicómico episodio que me convirtió en la protagonista de un hecho sin precedentes en mi lugar de trabajo (advertencia: es posible que la anterior afirmación sea un tanto exagerada)...
Era un sábado de noviembre. Sentada yo en mi puesto, tipeando vaya a saber qué (seguramente preparando algo para mi programa de radio), me encontraba cuando dos docentes de Económicas irrumpieron en la oficina (en ausencia de mi jefe, quien a su vez es autoridad en ese Decanato), insultándose mutuamente y muy nerviosos.
Me preguntaron por el “Dr. X” (he decidido resguardar la identidad de mi superior), el cual seguramente se encontraba en pantuflas en su casa, o paseando a su pequeño conejo “Espumita”, o simplemente inmerso en su habitual financiero ámbito.
Ante mi respuesta negativa, la situación empezó a ponerse quenchi, debido a que el nivel de ofensa en sus insultos comezó a ser cada vez más elevado.
Para resumirlo: ambos profesores, compañeros de cátedra, se creían con derecho a tomar su examen. Es decir, cada uno había preparado un parcial distinto y los dos querían tomar su propia versión, sin cederle el lugar al otro.
Como procedimiento lógico, les pregunté, tratando de no perder la calma, cuál de los dos era el titular de la materia, quien tendría la prioridad para tomar el parcial. Mi cuestionamiento los dejó anonadados, ya que ninguno supo responderme.
-Yo no soy, ¿sos vos?
-No, yo no, ¿pero quién es?
Siguiendo mi proceder lógico, pasé a fase dos y llamé al Sector Docentes para conocer quién cazzo era el titular de la cátedra, al tiempo que estos dos sujetos reanudaban su pleito, insultándose, recordando la madre, la tía y la hermana de cada uno, acercándose cada vez más y arremangándose las respectivas camisas…
-Docentes, buen día.
-Sí, Susana, yo Laura… ¿me podés decir quién es el titular de Planeamiento?
Ante esta pregunta, mi compañera, oyendo la acalorada discusión a través del teléfono, osó preguntarme, como ignorando mi cuestión inicial…
-¿Qué, hay bardo?
Y ahí fue cuando mi sistema nervioso central me jugó una mala pasada. Sin pensarlo, no dudé en levantar la vista hacia los dos contendientes y expresar en tono decidido y rostro serio…
-El Doctor Aybardo es el titular de la cátedra.
Terminé de pronunciar esa barbaridad y caí en la cuenta. Ya estaba, no tenía vuelta atrás. No sólo había inventado un profesor, sino que ambos se detuvieron un segundo, se miraron a los ojos y, casi al unísono, dijeron:
-Ah, es Aybardo. Bueno listo…
Reanudaron nuevamente su discusión, dieron media vuelta y sin decir adiós, salieron de la oficina sin darse cuenta de la estupidez que yo había pronunciado.
Y yo ahí, parada ante mi escritorio, con el tubo del teléfono en la mano, meditando la situación. Y Susana, del otro lado, que me decía “no, Laurita, te pregunto si hay bardo, si hay quilombo!”
Y sí, lo había. Pero ahora, el bardo no sólo había pasado por mi oficina, sino que también era el nuevo titular de Planeamiento.

sábado, 8 de marzo de 2008

Popurrí



No recuerdo la última vez que salió el sol.
Esta mañana parecía que repuntaba. Y quedó ahí, en la apariencia. Todo el día lloviendo. Igualmente, me gustan los días así, no sé por qué. Será porque es la excusa perfecta para no tener que ir a esos lugares donde realmente no tengo ganas de ir. O porque "no puedo" visitar a la gente a la que le tengo esa visita prometida desde hace meses. O porque "lo único que se puede hacer" es mirar la tele o boludear con la compu... y claro, "¿qué querés que ordene con esta lluvia"?, "¿qué querés que haga de productivo si está lloviendo?".
Excelente. Eso sí, a la nochecita pinta el bajón y me siento encerrada. Pero enseguida me olvido de eso, me recuesto y enciendo la tele. Y otra vez al mismo zapping que inicio sabiendo que no va a haber nada interesante.
Pero no siempre hace falta que algo sea interesante para que sea entretenido. Y esta frase me recuerda otra que leí hace unos días: No existen cosas sin interés; sólo existe gente incapaz de interesarse.
Pero bueno, eso ya es otra historia.
En fin... Día de la Mujer, que ya transcurrió, a la manera de un simple huevo: pasado por agua.
Guardo cierto rechazo al día que se conmemora hoy. Pero recibo gustosa los mensajitos de amigas diciendo feliz día... sí, amigas. Como si nos conformáramos con celebrarnos nosotras mismas esta fecha que, una vez más, pasó sin pena ni gloria.

jueves, 6 de marzo de 2008

Estoy trabajando

En realidad, ahora estoy simulando que trabajo.
La pantalla de mi computadora da directamente a la visión de mi jefe, quien tiene su escritorio a unos cuatro metros del mío, en perpendicular. Es decir, si observara meticulosamente, vería que estoy tipeando en Word. Pero tranquilamente, podría estar redactando una carta formal o completando un formulario de presupuesto, que son algunas de mis aburridas tareas diarias.
Mi día viene tranquilísimo. Cada vez que suena alguno de los teléfonos de la oficina (que son tres, como para entretenerme), mi jefe dice “pero quién rompe las pelotas ahora”. Es que mucha gente acude a nosotros para solucionar sus problemas.
Y acá, como en todos lados, hay burocracia, papeles, facturas, legajos, docentes con problemas, alumnos con problemas, autoridades con problemas…
Pero también hay buena gente.
Eso es lo que me mantiene contenta.
Hoy ya fue otro día.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Missing you

Mañana de cielo gris, bien cargado.
Mañana de recuerdos, de ratos en que se revive todo. Como si un año fuera un día, como si el tiempo hubiera perdido su capacidad de sanar. O como si ya no lo hiciera conmigo, por lo menos.
Mañana en este día que no quisiera empezar. Cuesta bastante arrancar a tanto y tan poco de aquel otro día, en que otro angelito se dispuso a acompañarme sin que yo lo viera, en forma invisible pero bien palpable.
Mañana de cielo gris, bien cargado.
Mañana será otro día.

martes, 4 de marzo de 2008

Es la nada misma

Comienzo un espacio de reflexión. Sé que probablemente nadie (o muy pocas personas) lean esto. Pero lo hago, de todas formas. Porque siento que tengo mucho para decir, aunque a veces me quede sin palabras. No tengo expectativas al respecto. Este puede ser el último posteo. O, en el mejor de los casos, puede que sea el inicio de una larga lista que palabras sin sentido para el mundo. Aunque, la verdad, me basta con que tenga sentido para mí, para mi propio mundo, y que pueda acá expresar lo que muchas veces callo sin motivos. Esos pensamientos, suposiciones, evidencias de mi vulnerabilidad interior, que de repente empiezan a rondar en mi cabeza y después de un tiempo se van casi sin que me dé cuenta. En fin. Estoy haciendo un preámbulo de algo que ni siquiera tengo la certeza de que voy a continuar. Pero lo hago igual, porque estas líneas ya me ayudaron. Soy única. Como todos los demás.