Realmente hoy no es mi día.
Yo pensaba que los hombres no se daban cuenta de ciertas cosas femeninas. Hoy descubrí que sí.
Amanecí bien temprano, el alba aún no había despuntado. La vi como para llover, hacía frío, pensé en el trajín que me esperaba ese día, del estudio al trabajo, le comuniqué a mi hermana que me pegaba el faltazo, le avisé a mi amiga Meke (quien me incentivó a realizar esta crónica) y finalmente me volví a acostar. Y dormí hasta las once de la mañana. Ya desde anoche, esa secuencia se anticipaba en mi mente. Pero necesitaba plasmarla, así que la llevé a la práctica…
Llegando a mi lugar de trabajo, tres cuadras antes de arribar, la lluvia me interceptó de improvisto y depositó su húmedo abrazo sobre mí. Y yo, sin paraguas, por supuesto. Ya entré balbuceando insultos contra el pronóstico, contra el colectivero que no me cedió el paso viéndome bajo la lluvia, contra la barrera baja y el tren a dos por hora, contra mi tapadito hermoso pero no impermeable y contra mi condición de trabajadora. Y encima, para colmo de males, me estaba por venir.
Ya en la oficina misma, mi compañera intentó recibirme con un afectuoso saludo, a lo que sólo obtuvo signos de mi estado catastrófico. “Martita, no estoy de humor, perdoname”.
Yo pensaba que los hombres no se daban cuenta de ciertas cosas femeninas. Hoy descubrí que sí.
Amanecí bien temprano, el alba aún no había despuntado. La vi como para llover, hacía frío, pensé en el trajín que me esperaba ese día, del estudio al trabajo, le comuniqué a mi hermana que me pegaba el faltazo, le avisé a mi amiga Meke (quien me incentivó a realizar esta crónica) y finalmente me volví a acostar. Y dormí hasta las once de la mañana. Ya desde anoche, esa secuencia se anticipaba en mi mente. Pero necesitaba plasmarla, así que la llevé a la práctica…
Llegando a mi lugar de trabajo, tres cuadras antes de arribar, la lluvia me interceptó de improvisto y depositó su húmedo abrazo sobre mí. Y yo, sin paraguas, por supuesto. Ya entré balbuceando insultos contra el pronóstico, contra el colectivero que no me cedió el paso viéndome bajo la lluvia, contra la barrera baja y el tren a dos por hora, contra mi tapadito hermoso pero no impermeable y contra mi condición de trabajadora. Y encima, para colmo de males, me estaba por venir.
Ya en la oficina misma, mi compañera intentó recibirme con un afectuoso saludo, a lo que sólo obtuvo signos de mi estado catastrófico. “Martita, no estoy de humor, perdoname”.
Fui derecho a mi cómodo asiento y me desplomé cual media res en mostrador de carnicero (prometo para la próxima, esmerarme con la comparación) y agarré unos papeles al tun-tun como para simular que ya estaba trabajando.
Saludo a mi jefe, como todos los días, palabras de cortesía, risita va, risita viene, que qué bien Argentina anoche contra los brasileños, que qué frío que hace, que qué onda el paro, en fin.
Saludo a mi jefe, como todos los días, palabras de cortesía, risita va, risita viene, que qué bien Argentina anoche contra los brasileños, que qué frío que hace, que qué onda el paro, en fin.
Y mi malestar interior se iba acrecentando. El dolor en mi zona media comenzaba a hacerse notar, al tiempo que el gesto en mi rostro comenzaba a mutar. Hasta que por fin, cual arte de magia (o hechizo maligno), el dolor se dio a conocer en su máximo esplendor.
Como si lo intuyera y tuviera un objetivo implícito de molestarme estando yo ya molesta, como si el sentido de su existencia estuviera dado por joderle la vida a su prójimo (o en este caso, a su “Secre”), mi estimado jefe me solicita la primera tarea del día. Y consiste en repartir unas resoluciones por los decanatos. No a uno, no a dos… a los diez decanatos. Diez. Aaaay.
Y en el momento en que me dispongo a realizar muy a desgano mi tarea, se da media vuelta y me observa detenidamente. Y seguramente observa mi penoso estado. Ojerosa, despeinada, desalineada, mal sentada, todo como para ser echada por pésima imagen. Y decide preguntarme: “Laurita, le pasa algo hoy?”. Ah, porque no me tutea, pero me dice “Laurita”.
Y yo digo “esta es la mía”. Si había oportunidad como para zafar de repartir, era esa.
“Y sí, Doctor, me siento mal, estoy con muchos dolores ováricos”.
Su gesto facial cambió. No se esperaba semejante confesión. Pudo haber pensado que fui una desubicada, que no daba decirle eso a un respetable abogado que poco sabe de intimidades femeninas, que nuestra confianza llega hasta ahí o que eso no se lo cuenta ni su propia hija. Pero su respuesta me desubicó aún más. “Aaah, Laurita, que bajón, está en esos días, no?”.
Sí, tal cual. Me había leído la mente.
“Sí, Doc, estoy en esos días”, confesé. Pero no le iba a mentir, ya que estábamos de confesiones, debía decirle toda la verdad… “En verdad no, Doc, yo diría que estoy en la previa a esos días”. Y con esto, mi imagen terminó de ser arruinada. Pero ya no me importaba. Mi reto contra esas resoluciones ya estaba planteado. Era zafarla o zafarla, a como diera lugar.
Pero bueno, por algo es mi jefe. “Ok, Lauri, las reparte más tarde, cuando se le pase un poco. Pero que sea hoy, eh”. Y no tuve otra.
Y no sólo contra mi voluntad tuve que salir a repartir y hacerme la simpática por toda la Universidad, sino que ahora también mi jefe sabía acerca de mi estado de fertilidad eventual, con detalles y todo.
Como si lo intuyera y tuviera un objetivo implícito de molestarme estando yo ya molesta, como si el sentido de su existencia estuviera dado por joderle la vida a su prójimo (o en este caso, a su “Secre”), mi estimado jefe me solicita la primera tarea del día. Y consiste en repartir unas resoluciones por los decanatos. No a uno, no a dos… a los diez decanatos. Diez. Aaaay.
Y en el momento en que me dispongo a realizar muy a desgano mi tarea, se da media vuelta y me observa detenidamente. Y seguramente observa mi penoso estado. Ojerosa, despeinada, desalineada, mal sentada, todo como para ser echada por pésima imagen. Y decide preguntarme: “Laurita, le pasa algo hoy?”. Ah, porque no me tutea, pero me dice “Laurita”.
Y yo digo “esta es la mía”. Si había oportunidad como para zafar de repartir, era esa.
“Y sí, Doctor, me siento mal, estoy con muchos dolores ováricos”.
Su gesto facial cambió. No se esperaba semejante confesión. Pudo haber pensado que fui una desubicada, que no daba decirle eso a un respetable abogado que poco sabe de intimidades femeninas, que nuestra confianza llega hasta ahí o que eso no se lo cuenta ni su propia hija. Pero su respuesta me desubicó aún más. “Aaah, Laurita, que bajón, está en esos días, no?”.
Sí, tal cual. Me había leído la mente.
“Sí, Doc, estoy en esos días”, confesé. Pero no le iba a mentir, ya que estábamos de confesiones, debía decirle toda la verdad… “En verdad no, Doc, yo diría que estoy en la previa a esos días”. Y con esto, mi imagen terminó de ser arruinada. Pero ya no me importaba. Mi reto contra esas resoluciones ya estaba planteado. Era zafarla o zafarla, a como diera lugar.
Pero bueno, por algo es mi jefe. “Ok, Lauri, las reparte más tarde, cuando se le pase un poco. Pero que sea hoy, eh”. Y no tuve otra.
Y no sólo contra mi voluntad tuve que salir a repartir y hacerme la simpática por toda la Universidad, sino que ahora también mi jefe sabía acerca de mi estado de fertilidad eventual, con detalles y todo.
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