martes, 22 de julio de 2008

Justo a tiempo

Si hay algo que me caracteriza, tanto a mí como a mis amigas de la facu, es la sincronización entre nosotras. El viernes pasado no fue la excepción.
A las 7 de la tarde teníamos cita en la Uni de la Matanza (la cual quedará atrás de nuestras vidas en poco tiempo, si el destino, Gilda, el Gauchito y todos los santos lo permiten), para entregar un simpático parcial domiciliario (de esos que te hacen sentir un profundo rencor hacia la carrera; de esos que terminan resultando tan dificultosos e incómodos que hubieras preferido un parcial teórico de 500 páginas; de esos por los que te pedís tres días por examen y los terminás haciendo dos horas antes de la entrega porque el resto del tiempo te lo pasaste pensando cómo llenar esas benditas cuatro hojas interlineado 1,5; de esos parciales que te hacen cuestionarte la propia existencia, que los empezás con una idea y al verlo terminado te das cuenta de que poco tiene que ver con tu tema inicial).
Desde el inicio de la carrera, con mi amiga y compañera Yemi compartimos el 242 Morón-San Justo (o el doscua, para los habituales pasajeros). Y el viernes se convertiría en uno de nuestros últimos viajes hacia la facu, de modo que decidimos que iríamos juntas.
Hasta ahí bien, la cuestión es que Yemita salía de la estación de Morón y yo de mi casa, por lo que el esfuerzo de sincronización esta vez debía ser mucho mayor.
-Lalu, te llamo cuando agarro French.
Ok, ok, Yemi me avisaría apenas tomara mi calle, de manera de tener tiempo para salir de casa y poder parar el mismo bondi en el que viajaba mi amiga. El plan era perfecto y, como tal, no podía fallar.
Ya preparada, con la campera puesta y el parcial perfectamente acicalado, me encontraba yo. Convengamos que no era moco de pavo (o de ganso?) aquel plan detenidamente estudiado y mentalmente repasado. Pero también convengamos que la perfección no existe.
Antes de lo previsto, recibí el tan ansiado llamado de Yemi.
-Amiga, el bondi ya agarró French. Pero ojo que viene lleno.
Perfecto. Corrí hacia la puerta de calle y noté que algo me faltaba. Claro, era el parcial, el mismísimo motivo de todo. Lo agarré así como estaba y salí. Al llegar a la parada, me di cuenta de que había hecho dos cuadras con el parcial enrollado, cual si se tratara de papel borrador, no sé, de cualquier estupidez. Pero no, eran las benditas cuatro hojas interlineado 1,5 que me acercarían un paso más a mi graduación. Así que, como pude, lo acomodé un poco.
Y de repente lo veo. Imponente, nuevo, bien cromado, frenando en la esquina como si quisiera lucir su belleza a todo el barrio. Era el bondi, que me abría sus puertas amistosamente, al tiempo que parecían abrirse los cielos y dejando ver un rayo de sol, invitándome a subir y disfrutar de un relajado viaje, sentada, sin muchos murmullos debido a que venía casi vacío…
Ups. No, no era ese MI bondi, donde me encontraría con Yemi. Lo dudé dos micronésimas de segundo. Pero no. No soy tan cruel amiga. Aún me queda algo de buena persona para con mi prójimo.
Entonces, en un esfuerzo sobrehumano, realicé unos gestos exagerados al bondinero para que cerrara la puerta nomás. Y el bondinero, con incredulidad, me hizo caso. Acababa de estar ante mí el paraíso en la Tierra. Pocas veces visto en los barrios moronenses, último modelo, todo bellísimo, y yo le había dicho que no. Qué boluda.
Pero mi misión era otra. Mi amiga me aguardaba en el próximo, seguramente.
No me terminaba de reponer de dicha pérdida voluntaria, cuando vislumbro a mitad de cuadra algo que me pareció el extremo opuesto al vehículo que acababa de rechazar.
Modelo 2000, viejo, sucio, lleno hasta la puerta Horrible. Pero ahí se encontraba mi amiga y yo debía acudir a ella.
Aproveché el semáforo en rojo y me ubiqué ante la puerta cerrada. Forzando un lastimoso ademán, me dirigí hacia el conductor. Él me miró a través del vidrio de la puerta y con cara de “qué ganas de romper las pelotas”, abrió para mi ingreso.
Apenas alcancé a decirle “gracias”, cuando, ignorando mi gratitud, me increpó en forma de pocos amigos: “Escuchame, ¿no te diste cuenta que el de adelante venía vacío?”.
Y bueno, me increparon, yo debía responderle, debía defenderme ante la imponencia masculina. Y me ví obligada a dar explicaciones. Podría haberle inventado cualquier delirante excusa pero preferí ir con la verdad. Y como si se tratara de mi mejor amigo, le ofrecí una poco creíble sonrisa.
“Mirá, te explico, yo ya sé que el otro venía vacío, pero lo que pasa es que acá viene mi amiga y yo TENGO que viajar con ella”.
Aún no había cortado el semáforo, por lo que el bondinero tuvo tiempo de observarme sin saber si creerme o no. Hasta que, resignándose ante mi perfecta explicación que poco tenía que ver con el contexto, esbozó un “bue”.
Solo eso fue suficiente para que yo fuera la mujer más feliz del colectivo. Y como soy una agradecida, forcé una sonrisa aún mayor y lo miré a los ojos. Como si se tratara de un párroco luego de confesarme, expresé sinceramente: “Gracias, de verdad”,al tiempo que me llevé una mano al pecho.
Y al toque me di cuenta de que la situación se estaba yendo de mis manos, por lo que agregué: “uno cincuenta, por favor.” Metí las monedas y a otra cosa mariposa.
Ay, qué satisfacción al verla a Yemi al final del vehículo, esperándome con un espacio vacío para mi persona. De no se por el amable bondinero, uno de mis últimos viajes hacia la UNLaM, lo hubiera realizado sola.

jueves, 10 de julio de 2008

Me abrocharon

En un posteo anterior expresé muy sentidamente que en los últimos tiempos me contento con poca cosa. Bueno, la semana pasada me ocurrió algo tremendamente significativo, que legitima mi afirmación anterior…
Deben ser las casi nueve horas diarias que permanezco en mi trabajo, las que hacen que la gran mayoría de mis anécdotas se sitúen aquí mismo, en donde estoy sentada escribiendo estas líneas: mi oficina.
Oportunamente, conté cómo el jabón líquido del baño del primer piso pasó de un día para otro de ser monótono, aburrido, con ese olor propio de jabón líquido, a ser completamente distinto, encantador, exquisito, suave, delicado y con un hermoso aroma a manzana verde recién caída del árbol.
Bueno, lo que viene en esta ocasión tiene que ver no con un jabón líquido de baño, sino con algo más formal, algo bien macizo, que no se escurre entre los dedos, algo gris, diría metálico: la agujereadora (de papeles).
La que teníamos aquí, pedía cambio desconsoladamente. Contaba ya con unos largos años de profesión en la oficina. No sabría cuántos con exactitud, pero le calculo más de quince. Digna de un premio a la trayectoria. Estaba vieja, le faltaba un tornillito, hacía un feo ruido al agujerear, como de oxidado, dejaba las hojas marcadas y desprolijas. Y no le echo la culpa, no la condeno: luego de quince años de servicio administrativo, su ciclo de vida útil estaba claramente finalizado. Mis compañeros de oficinas aledañas ya no nos la pedían prestada. Preferían agujerear con otra cosa, tal vez una lapicera sin tinta, no sé…
La cuestión es que, por algún extraño motivo, un día la ví y me apiadé de ella. Allí, solita, sin la acostumbrada compañía del sacaganchos, del lapicero o de la abrochadora. Solita ante un mundo superficial, donde lo nuevo y de última tecnología domina el escenario. Y digo, me apiadé de ella, decidí terminar con su sufrimiento.
-Depósito.
-Sí, Nito, yo, Laurita, una consulta… ¿hay agujereadoras nuevas?
-Eh, sí sí. Pero se llama perforadora, Laurita, perforadora.
-Ah, perdón, sí. Bueno ahí bajo a buscar una.
Claro, vamos a hablar con propiedad: perforadora. Y bajé al depósito con mi anciana amiguita. Y aproveché las escaleras para despedirme mentalmente de ella. Y a modo de trueque, la entregué en depósito. Y realmente me llevé una sorpresa. Una grata sorpresa.
No recibí a cambio nada similar a lo que me venía imaginando. Recibí un artefacto cuya fisiología era desconocida para mí. Increíble la nueva perforadora. Ruda, imponente, fornida, aerodinámica. Le faltaban los musculitos y era igualita al dibujito de Mr. Músculo, el poderoso gel con lavandina.
Me familiaricé rápidamente con ella. Me atreví a bautizarla al instante. Ahora, era la Super Maped RX-2001. Y sí, su nuevo nombre no podía quedar atrás.
Subí a la oficina de vuelta. Debía darla a conocer. Nunca antes visto en el primer piso. El depósito de la Universidad había confiado en mí para encomendar su nuevo modelo de perforadora. Y yo debía rendirle honor a tal hecho.
La Super Maped RX-2001 causó furor entre mis compañeros. Todos me la pedían prestada. Estoy pensando en ponerle un GPS, no vaya a ser que algún chantapufi me la quiera cambiar. Es mía. Es mi tessssoro. Gollum. Gollum*…
Ya pasó una semana y el furor bajó, pero siempre hay alguno que viene, tímidamente, y me la pide. “¿Me prestás la Super Maped?”. Y yo, la presto con gusto. Ella merece lucirse. Merece perforar cuanto se le de la gana. Para eso nació. Nació para ser estrella. Y yo, chocha de la vida. Son aquellas pequeñas cosas, aquellas ínfimas situaciones que me regalan una alegría temporaria en este aburrido mundo de papeles.


*Quien no ha leído o visto El Señor de los Anillos, no intente comprender ese comentario. Será en vano. Al pedo.