En un posteo anterior expresé muy sentidamente que en los últimos tiempos me contento con poca cosa. Bueno, la semana pasada me ocurrió algo tremendamente significativo, que legitima mi afirmación anterior…
Deben ser las casi nueve horas diarias que permanezco en mi trabajo, las que hacen que la gran mayoría de mis anécdotas se sitúen aquí mismo, en donde estoy sentada escribiendo estas líneas: mi oficina.
Oportunamente, conté cómo el jabón líquido del baño del primer piso pasó de un día para otro de ser monótono, aburrido, con ese olor propio de jabón líquido, a ser completamente distinto, encantador, exquisito, suave, delicado y con un hermoso aroma a manzana verde recién caída del árbol.
Bueno, lo que viene en esta ocasión tiene que ver no con un jabón líquido de baño, sino con algo más formal, algo bien macizo, que no se escurre entre los dedos, algo gris, diría metálico: la agujereadora (de papeles).
La que teníamos aquí, pedía cambio desconsoladamente. Contaba ya con unos largos años de profesión en la oficina. No sabría cuántos con exactitud, pero le calculo más de quince. Digna de un premio a la trayectoria. Estaba vieja, le faltaba un tornillito, hacía un feo ruido al agujerear, como de oxidado, dejaba las hojas marcadas y desprolijas. Y no le echo la culpa, no la condeno: luego de quince años de servicio administrativo, su ciclo de vida útil estaba claramente finalizado. Mis compañeros de oficinas aledañas ya no nos la pedían prestada. Preferían agujerear con otra cosa, tal vez una lapicera sin tinta, no sé…
La cuestión es que, por algún extraño motivo, un día la ví y me apiadé de ella. Allí, solita, sin la acostumbrada compañía del sacaganchos, del lapicero o de la abrochadora. Solita ante un mundo superficial, donde lo nuevo y de última tecnología domina el escenario. Y digo, me apiadé de ella, decidí terminar con su sufrimiento.
-Depósito.
-Sí, Nito, yo, Laurita, una consulta… ¿hay agujereadoras nuevas?
-Eh, sí sí. Pero se llama perforadora, Laurita, perforadora.
-Ah, perdón, sí. Bueno ahí bajo a buscar una.
Claro, vamos a hablar con propiedad: perforadora. Y bajé al depósito con mi anciana amiguita. Y aproveché las escaleras para despedirme mentalmente de ella. Y a modo de trueque, la entregué en depósito. Y realmente me llevé una sorpresa. Una grata sorpresa.
No recibí a cambio nada similar a lo que me venía imaginando. Recibí un artefacto cuya fisiología era desconocida para mí. Increíble la nueva perforadora. Ruda, imponente, fornida, aerodinámica. Le faltaban los musculitos y era igualita al dibujito de Mr. Músculo, el poderoso gel con lavandina.
Me familiaricé rápidamente con ella. Me atreví a bautizarla al instante. Ahora, era la Super Maped RX-2001. Y sí, su nuevo nombre no podía quedar atrás.
Subí a la oficina de vuelta. Debía darla a conocer. Nunca antes visto en el primer piso. El depósito de la Universidad había confiado en mí para encomendar su nuevo modelo de perforadora. Y yo debía rendirle honor a tal hecho.
La Super Maped RX-2001 causó furor entre mis compañeros. Todos me la pedían prestada. Estoy pensando en ponerle un GPS, no vaya a ser que algún chantapufi me la quiera cambiar. Es mía. Es mi tessssoro. Gollum. Gollum*…
Ya pasó una semana y el furor bajó, pero siempre hay alguno que viene, tímidamente, y me la pide. “¿Me prestás la Super Maped?”. Y yo, la presto con gusto. Ella merece lucirse. Merece perforar cuanto se le de la gana. Para eso nació. Nació para ser estrella. Y yo, chocha de la vida. Son aquellas pequeñas cosas, aquellas ínfimas situaciones que me regalan una alegría temporaria en este aburrido mundo de papeles.
Deben ser las casi nueve horas diarias que permanezco en mi trabajo, las que hacen que la gran mayoría de mis anécdotas se sitúen aquí mismo, en donde estoy sentada escribiendo estas líneas: mi oficina.
Oportunamente, conté cómo el jabón líquido del baño del primer piso pasó de un día para otro de ser monótono, aburrido, con ese olor propio de jabón líquido, a ser completamente distinto, encantador, exquisito, suave, delicado y con un hermoso aroma a manzana verde recién caída del árbol.
Bueno, lo que viene en esta ocasión tiene que ver no con un jabón líquido de baño, sino con algo más formal, algo bien macizo, que no se escurre entre los dedos, algo gris, diría metálico: la agujereadora (de papeles).
La que teníamos aquí, pedía cambio desconsoladamente. Contaba ya con unos largos años de profesión en la oficina. No sabría cuántos con exactitud, pero le calculo más de quince. Digna de un premio a la trayectoria. Estaba vieja, le faltaba un tornillito, hacía un feo ruido al agujerear, como de oxidado, dejaba las hojas marcadas y desprolijas. Y no le echo la culpa, no la condeno: luego de quince años de servicio administrativo, su ciclo de vida útil estaba claramente finalizado. Mis compañeros de oficinas aledañas ya no nos la pedían prestada. Preferían agujerear con otra cosa, tal vez una lapicera sin tinta, no sé…
La cuestión es que, por algún extraño motivo, un día la ví y me apiadé de ella. Allí, solita, sin la acostumbrada compañía del sacaganchos, del lapicero o de la abrochadora. Solita ante un mundo superficial, donde lo nuevo y de última tecnología domina el escenario. Y digo, me apiadé de ella, decidí terminar con su sufrimiento.
-Depósito.
-Sí, Nito, yo, Laurita, una consulta… ¿hay agujereadoras nuevas?
-Eh, sí sí. Pero se llama perforadora, Laurita, perforadora.
-Ah, perdón, sí. Bueno ahí bajo a buscar una.
Claro, vamos a hablar con propiedad: perforadora. Y bajé al depósito con mi anciana amiguita. Y aproveché las escaleras para despedirme mentalmente de ella. Y a modo de trueque, la entregué en depósito. Y realmente me llevé una sorpresa. Una grata sorpresa.
No recibí a cambio nada similar a lo que me venía imaginando. Recibí un artefacto cuya fisiología era desconocida para mí. Increíble la nueva perforadora. Ruda, imponente, fornida, aerodinámica. Le faltaban los musculitos y era igualita al dibujito de Mr. Músculo, el poderoso gel con lavandina.
Me familiaricé rápidamente con ella. Me atreví a bautizarla al instante. Ahora, era la Super Maped RX-2001. Y sí, su nuevo nombre no podía quedar atrás.
Subí a la oficina de vuelta. Debía darla a conocer. Nunca antes visto en el primer piso. El depósito de la Universidad había confiado en mí para encomendar su nuevo modelo de perforadora. Y yo debía rendirle honor a tal hecho.
La Super Maped RX-2001 causó furor entre mis compañeros. Todos me la pedían prestada. Estoy pensando en ponerle un GPS, no vaya a ser que algún chantapufi me la quiera cambiar. Es mía. Es mi tessssoro. Gollum. Gollum*…
Ya pasó una semana y el furor bajó, pero siempre hay alguno que viene, tímidamente, y me la pide. “¿Me prestás la Super Maped?”. Y yo, la presto con gusto. Ella merece lucirse. Merece perforar cuanto se le de la gana. Para eso nació. Nació para ser estrella. Y yo, chocha de la vida. Son aquellas pequeñas cosas, aquellas ínfimas situaciones que me regalan una alegría temporaria en este aburrido mundo de papeles.
*Quien no ha leído o visto El Señor de los Anillos, no intente comprender ese comentario. Será en vano. Al pedo.
1 comentario:
Con razón no entendi ese comentario fuera de lugar en esa perfecta y temida redacción, tipica de una fana de esas peliculas las cuales no son de mi agrado y lo sabés, nada mejor que Forrest Gump (¿?)
ajajaja el titulo seria mejor ME AGUJEREARON ;) pero ya se pasaria de castaño claro a Oscuro ¿?
bueno che, con que poco te conformas, yo que vos tendria miedo, primero el jabon liquido, ahora la agujereadora, la proxima que será? ¿el papel higienico? te la dejo picando!
un beso corazona.
Publicar un comentario